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Los días
persiguiéndose |
8 de diciembre de 2006 Indultos Para conseguir el indulto, los robagallinas, los que mangaron un radiocasé o un bollo antes de ser padres de familia, tienen que montar un campamento o esperar que un Cristo movido con cuerdas les señale el turno igual que el barbero. Pero la Ley está llena de escaleras y puertas falsas, y ya sea con abogados, de los que Tomás Moro quería prescindir en su Utopía porque “defienden astutamente las causas y disputan sutilmente sobre las leyes”, o con colegas cerca de los pelucones de los tribunales o de los partidos, el que conoce los caminos, los barqueros, los precios y las palabras de paso sabe que eso de la balanza ciega de la Justicia es otra cosa del horóscopo, ahí perdida junto a diosas con lechera. De todas las mentiras bíblicas de esta Democracia, la de la igualdad es la primera y hace mucho que sabemos que los ciudadanos son de diferente paño según el dinero que tengan y los salones que frecuenten. Por eso uno ya no se asusta, aunque proteste, y ahora que la Constitución cumple años otra vez como una madre encamada, no está de más recordar que el sistema no ha acabado con los dueños, los privilegiados y los atajistas, sino que más bien los sigue abrigando y rescatando. Cristóbal Fernández, ex alcalde de Carboneras, ha sido el último en sentir esa mano anillada tocándole el hombro. Los seis meses de inhabilitación a los que le había condenado el Supremo por coaccionar a un conserje para que lo votara han desaparecido una vez que las ruedas del sistema han pasado por sus más altas alfombras. El Gobierno, que mide con dedales los pecados de los suyos, ha derramado su gracia como vino. Un político intimidando o comprando a los votantes les parece un delito “menor” y el indulto llegó rápido en su corceles, a tiempo para las próximas elecciones. Entre el poder y la Justicia viajan valijas podridas y ya uno no cree que pueda quedar nada limpio aquí, donde vemos una y otra vez que los corruptos regresan a la virginidad, los estafadores sonríen en los ayuntamientos y los políticos cuidan todo ese jardín como un termitero. Gil y tantos otros crecieron así. El indulto o la vista gorda, maneras de quedarse sentados mientras la Democracia se va al garete, que es cuando mejor les funcionan los negocios. |