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Los días
persiguiéndose |
16 de noviembre de 2006 Enfermedad En los periódicos, que me llegan también mojados o con anzuelo, leo que un robo de 60 céntimos con la amenaza de una jeringa le va a suponer al atracador tres años de cárcel, y río o toso con mi garganta de pez al pensar cuántos años deberían pasar en la trena los concejalillos, ferrallistas y comegambas de Marbella si la justicia pesara igual toda la carne y todo el dinero. Bastante más enfermedad que mi frío y que mis ojos que parecen cucharadas sufre esta sociedad nuestra que, fallando en la política y en la justicia, falla en todas sus hélices. De Marbella esperamos a la gran ballena que no llega, el político de arriba que lo sabía y lo consentía todo, pero van cayendo mindundis y cajistas, picapleitos y señoras de la limpieza, que hacen en la televisión un jaleo de rebajas y cajones. La corrupción no se para con pactos ni con lenguaje, sino con fiscales con la chaqueta llena de grilletes, pero en encontrar la cueva de Marbella tardaron años y a una era por ayuntamiento la impunidad nos suena a eternidad igual que las campanas. Nos ahogaremos sorbiendo mocos antes de que esta peste remita. En los libros que se me resbalan, en estas mañanas que huelen a foco y a medicina, Cicerón aún le habla a su hermano Quinto: “Aquel famoso príncipe del ingenio y la sabiduría que fue Platón dijo que las repúblicas serían felices cuando las dirigieran hombres doctos y sabios o si quienes las dirigían prestaban toda su atención a la ciencia y al saber”. De nuevo me río y me atraganto. La República de Platón, dictadura de ángeles, pirámide de sabios. Pensar en gobernantes filósofos, cuando los partidos son negocio, cuando las ideologías son marketing, cuando los corruptos vigilan a otros corruptos, hace que me crujan los huesos. Sobrepasado el escepticismo, sólo el cinismo me sirve ya de bálsamo. Es este maldito resfriado, contagiado de la calle donde cae ceniza y temblor sobre los árboles y los tribunales. Me pongo pomadas azules, bebo líquidos con una cal dentro, mi cabeza es un zeppelin que tropieza con los muebles de la casa. Dejo, cansado, los libros, los periódicos, la esperanza, esta columna. Creo que oigo pasar una ambulancia, como los policías de la enfermedad que llegan siempre tarde. |