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Los días
persiguiéndose |
9 de noviembre de 2006 El tigre Un tigre pasea por todos los salones municipales, trepa por los balcones y los pueblos a medio hacer. Es un tigre como una columna o es un tigre como una voluta; es un tigre gordo de gatos, pelusas y alfombras; es un tigre hecho a tinta, un tigre que es su precio en un código de barras, un tigre rayado de oro y mierda. Ese tigre que está representado en el de Roca que ahora vemos con el hambre del recién despertado, cuando lo han dejado sin carne roja, sin fuentes moras, sin cabildos tendidos en la hierba. Contra el tigre comehombres, que se hizo a la manteca humana, está poco más que el miedo de los centinelas. Detrás del político montado en su tigre debería estar un fiscal como un cazador con gafas, pero la noche en llamas que traen los tigres lo acojona o es que los mismos tigres le llaman por teléfono o se lo comen como a un sahib. Los pactos de los partidos sólo quieren disimular su antigua religión que sigue siendo el tigre. Con la corrupción no van a acabar nunca los corruptos y apaciguar a sus fieras cepillándolas o esquinándolas un poco, que parece que es lo que proponen haciendo pasar eso por sacrificio, no sirve para nada. Marbella, Ciempozuelos, Telde, apenas son los primeros tigres viejos que caen y ahí fuera tenemos una jungla donde hay muchos más, camuflados como los espejos que son. El depredador y el canibalizador del tigre es el político pero al depredador del político todavía no lo conocemos. La justicia y la ciudadanía están adormecidas o desactivadas por él y eso nos deja pocas esperanzas ante nuestros fuegos de campamento. Tomar una lanza, afilar una piedra, rugirle al tigre más que él, es una valentía a la que que aún no se atreve nadie. Ni cuando nos visita en cada cabaña y nos pasa su lengua de lija y asco por la espalda. |