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Los días
persiguiéndose |
28 de septiembre de 2006 Sucesión En política, los herederos son otra costumbre de césar que se ha impuesto. Rajoy fue elegido a dedo por Aznar después de que éste ayunara en las montañas saduceas de su soledad. Artur Mas nació de la costilla jorobada de Pujol y también Fraga dejó hijos políticos por sus pazos como el ogro de las cosechas y de las mozas que fue. Este delfinario se está volviendo demasiado común, los partidos están adoptando las costumbres de palacio, con cortinas sagaces y uvas envenenadas y señores preñados de otro señor como un paje de su dama. Después de la jubilación de Ibarra, escenificada como una abdicación, miramos a Chaves, que es el único que queda en la dinastía del socialismo egipcio. Sin embargo, más que por el culo atrapado en la silla, más que por su capa hecha a las criptas del sociatismo andaluz, más que por su talla de sombrero que coincide con la del régimen, sabemos que Chaves no se va a ir porque no le vemos heredero, porque no ha ido presentando sucesor y los demás están haciendo o las mortajas o la primera comunión en San Telmo. Zarrías es un aya, no un hijo. Plata se quemará con Marbella antes de que a nadie se le ocurra presentarlo como príncipe. Para los que han apuntado a una mujer para la nueva era, las consejeras y ministras se han quedado en guiñol, igual que María del Mar Moreno se apolilla tras la puerta de una eterna ayudantía. Sabemos que Chaves no se irá porque no hay heredero. Un día, sin embargo, nos encontraremos a Chaves preñado y el respiro de ver desguazado el último barco de esa vieja flota se ensombrecerá con la convicción de que continúa la saga. A menos que haya aquí una revolución. Zapatero lo fue. Pero en Andalucía todos están demasiado cómodos para revoluciones y guillotinas. Sólo habrá fotos de bautizos y parecidos de las narices, como en la Zarzuela. |