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17 de agosto de 2006 De senectute De momento, vivimos y morimos, y a lo mejor eso es lo que nos salva de la locura, aunque no del orgullo. “Somos como mariposas que revolotean un solo día y piensan que aquello es todo”, dijo el gran Carl Sagan. Nuestra sociedad adora a la juventud y sus ombligos. A los viejos les dejan los estanques, la comida de las palomas, la lenta guillotina de las mecedoras. No hay ningún anciano que salga anunciando coches, martinis o yogures de fibras. He pensando en todo esto con las tumbas que les están abriendo ya a los Rolling Stones, calaveras que fuman, guitarras de sus huesos, rock que se ha vuelto egipcio. Están viejos para saltar, ya no les sirve la sangre de los vampiros, han tenido que desmontar su cripta en El Ejido y los titulares se han aprestado a retirarlos como a indios que no cazan. En la vejez vemos el retrato de la muerte que vendrá como un rasurado definitivo y nuestra sociedad tiende a ocultarla o a mandarla a las montañas. Pero en su tratado De senectute, reivindicación de la vejez en boca de Catón, le leemos a Cicerón que “las armas más valiosas de la vejez son el arte y el ejercicio de las virtudes”. Queen ya cantó aquello de “Quién quiere vivir para siempre”. Los Stones no levantaron la mano y se matarán viejos de música, pubis y mala vida. Creo que yo haría lo mismo. |