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Los
días persiguiéndose |
6 de julio de 2006 El invento La corrupción es la medusa que siempre acompaña al poder, comiéndole un poco la oreja, y esto vale tanto para los antiguos imperios como para nuestra autosatisfecha democracia. Claro que en cada sitio y siglo tiene sus modos, y la que sufrimos aquí y ahora nos retrata muy bien. Esta tierra que era de esparto, donde el ladrillo y el suelo todavía por cocer parecían la magia de la pólvora, nos ha dado una corrupción hecha de promotores, concejalillos, graveros y comisionistas. Hasta nuestra corrupción parece de pobres, de un pueblo de gente sin cama y sin terraza, que nunca antes ha visto un chalé. Pero como he dicho alguna vez, lo peor no es que exista corrupción, que seguramente es inevitable como la lujuria, sino la impunidad en la que vemos instalados a los corruptos. Es la facilidad, la universalidad, la tranquilidad de sus manejos, lo que nos lleva a recordar el sentido de la palabra corrupción como vicio, como perversión, como podredumbre de lo sano, como enfermedad caldosa de, en este caso, todo nuestro sistema. Y si esto nos ha llegado ya a los huesos ha sido por la complicidad de la política, que es otro negocio con apariencia de monacato. Los políticos que hacen leyes flojonas, que colocan fiscales sordos, que ponen la mano en ayuntamientos, diputaciones y juntas, que mejor mandan a la policía a perseguir robagallinas y a gente sin el casco. Ahí tenemos Marbella, que no se puede entender sin la vista gorda de las autoridades autonómicas y nacionales, a menos que admitamos una incompetencia que sólo podría tener excusa en la idiocia absoluta. No, no han inventado la corrupción estos pájaros que ahora vemos ir del retrete dorado a la cárcel, sólo cuando ha convenido. Y no nos espantan ellos, sino todos los que quedan, alrededor y por encima. Todos los que han hecho de esta democracia su puta, desde las concejalías de urbanismo a los despachos de altas banderas y alfombras como mapamundis. |