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Los
días persiguiéndose |
8 de junio de 2006 Interludio Lo que le pasa a esta democracia es que a veces se diría que sucede en otro sitio. Esta mañana, el que no haya primarias en el PSOE suena como a que trucaron papeletas allá en unos municipios excavados de Marte. Y esto es culpa del pueblo que se deja hacer o quizá habilidad de los políticos, que nos han convencido de que lo suyo aburre como esa matemática que se ocupa de los nudos (hay realmente una matemática que se ocupa de los nudos). Hoy he visto todo divorciado de la política, o soy yo el que se siente así por no haberme encontrado fueros vejados ni patrias desmelenadas ni coros mendicantes ni realidades nacionales cuando he bajado a por el periódico. Tan sólo a la Jurado, que todavía se oye, como un disco de pizarra que ocupa toda una plaza, con voz de muerta más poderosa que la de los abogados batasunos. Y a la gente que de esa celebración como musulmana con su ataúd enlaza con el otro entierro inverso que ha sido el Rocío, que todo aquí son llantos sobre mujeres de piedra sentadas. Sí, mujeres santas a las que se les escapa a veces el niño Jesús y ése es entonces Joaquín, que corre o no por la banda dependiendo de cómo tenga la miopía Luis Aragonés, ese hombre tan ibérico que parece que siempre va en pijama y que lucha por la España de siempre más que Rajoy y tanto como Fernando Alonso o Rafa Nadal, cuellos o brazos gordos que nos traen las únicas victorias en estos tiempos enclenques y desmayados. Hoy he visto que atendemos a otros héroes y a otras catástrofes, cosas que conocemos por su precio puesto y que nos rozan por la calle como el capacho de una señora. Hoy me he visto lejos de los editoriales, que parecen crucigramas o rosarios; de los políticos, que parecen falsos templarios; de las mentiras, que parecen pescaderías. Estamos con la calor, con el pisito, con el folclore, con los velatorios, con el deporte y con los zumos. Alertaban los tontos del Apocalipsis (6-06-2006), pero aquí ni en el Apocalipsis pasa nada y creo que yo ya había decidido, al despertarme, que no iba a hablar de política. |