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Los
días persiguiéndose |
6 de abril de 2006 La náusea Todo esto, para volver a Marbella. Ahora me parece un poco exagerada esta introducción. Pero quizá la res publica actual se enfrenta a la muerte de la política como el hombre se enfrentó (se enfrenta, todavía) a la muerte de sus mitos metafísicos. Lo que nos contaron de la política estaba podrido, o, más sencillo, era solamente mentira. Y ante esta mentira que quizá inaugura otra modernidad, está la náusea y está la danza del hombre liberado de su ingenuidad, que son los dos caminos hacia dos monasterios de lo mismo. El nihilismo no es más que la caída por gravedad del existencialismo hacia su centro, pero lo que en filosofía da un cansancio muy estético, en política da el fracaso, la autodestrucción, que me parece demasiado barbecho. La náusea ante esta política nuestra como ante el Universo sin finalidad da para unas mañanas elegantes en las que yo también caigo a veces igual que en unas ganas de no afeitarme. La corrupción, que no es un accidente, sino un sistema que engloba desde los ayuntamientos a las esferas musicales que Pitágoras se imaginaba en el cielo, me derrota a veces contra la almohada y son esos días que pasaría sin periódicos y sin ducha. La Marbella que ha visto enchironar a sus leopardos de fieltro parecerá ahora rescatada, pero sabemos que la política es siempre lo mismo aunque la traigan ahora otras cabalgatas. Tengo esas mañanas de náusea, y sin embargo luego me suelen entrar las ganas nietzscheanas de bailar. Al menos nos hemos dado cuenta de la mentira, que es la primera victoria del espíritu libre. Ahora nos queda actuar -sí, todos, esta sociedad dormida que los partidos pasean como a un cachorro- para acabar verdaderamente con esta esclavitud. Paciencia. Nietzsche y Dios, ya ven, murieron los dos y todavía andan peleando. |