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Los
días persiguiéndose |
16 de marzo de 2006 Dos años Yo puedo tener mi opinión, pero en realidad eso no importa. Mi opinión puede ser que desde luego no fue el PSOE el que puso las bombas en los trenes. Y que el PP perdió las elecciones por su soberbia, y no por ninguna conjura. Y que los nacionalismos me dan todos mucho miedo. Y que España es lo que está en la Constitución ahora, aunque el día que decidamos que sea otra cosa, no lloraré desde luego por ninguna esencia rota o mancillada. Y que creo en el Estado como contrato, y no en las naciones como nostalgias. Y que el Estatuto andaluz es sólo una distracción seguidista de la política del “Gobierno amigo”, un bucolismo insignificante ante todos nuestros graves problemas. Y que existen desigualdades entre autonomías, pero no por unos nuevos estatutos comilones que salgan por el norte, sino por la dejadez de nuestra casta política en el sur. Y que los homosexuales pueden casarse, y que el Estado debe ser laico o si no habrá caído en la discriminación intelectual y en el condicionamiento de sus individuos libres. Sí, ésta es mi opinión. Como hay otras. Pero ninguna opinión debería dar para amontonar enemigos, para levantarse en armas, para odiar nada menos que a la otra mitad del país, para acusar de que nos matan o nos comen o nos violan, para llamar a las trincheras o a la orgía ante la llegada de algún fin del mundo o de un reino rojo de los Cielos. Contra el descontento, las urnas. Contra la infamia, la ley. Y nada hay tan sagrado que pase por encima de esto. El día en que, simplemente, les demos a nuestra opiniones el peso de pajarito que tienen, sin que cada una tenga que llevar a un cisma, a una guerra, a una empalizada, ese día sí habremos avanzado. Mientras, nos lleva el odio como una catarata. Sólo han sido dos años, y parece que en este tiempo hayamos atravesado mil cementerios. Pero yo en ninguno encontré ni a mis enemigos, ni a mis guerrilleros, ni a mis salvadores. A los que les suceda lo mismo, les felicito. Ahí puede que esté la esperanza. |