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Los
días persiguiéndose |
9 de marzo de 2006 El pasaporte En Cataluña empezaron con lo de su nación como con su credo niceno y pronto todos están queriendo ser nacioncitas o nacionzotas, porque esto es igual que el vecino que se hace una piscina. Aquí ya hemos escuchado al PA y a IU exigiendo un articulado y una cédula para la nación andaluza, que les resulta una cuestión fundamental como para algún descendiente de Blas Infante cambiarle el peinado o la ropa a Hércules, que tal como está parece un señorito de caza. Que Andalucía es una nación lo ven ellos en algo glagolítico de los árboles y en una gitanería esencial que nos lleva en carromato, y ahora lo que falta es la foto, el sello y el cóctel. A lo mejor alguien que se parezca a Montilla les puede hacer un pasaporte andaluz que les hará sentirse como calzados después de mucho tiempo de andar sin zapatos, que quizá el sentimiento nacionalista se resume en esto tan sencillo. Luego, también podrían pedirle un pasaporte para cada comarca y cada villorio, y así ir haciendo una baraja de colores con la que todos se sientan identitarios y contentos. No vamos a tener bolsillos ni cajones para tanta nación, pero uno creer ya inútil volver a insistir en que esas abstracciones son melancolías y distracción de lo verdaderamente importante, que no es la patria sino el individuo, que no es la filiación sino los derechos. Mejor andaríamos si se empeñaran en conseguir el pleno empleo tanto como en catedralizarnos de nación. Yo, cuando encuentre a un tipo que se parezca a Montilla, le voy a pedir muchos pasaportes: suizo, belga, canadiense, sudafricano, austriaco. Cada día iré con uno diferente y un sombrero a juego. A ver si me desintoxico de tanta idiotez pueblerina y aprendo a apostar en la ruleta, que es bastante más elegante que cantar himnos y adorar a los botijos de nuestros antepasados. |