19 de enero de 2006
Palabras
Uno
mejor hubiera dicho que la batalla
era por el dinero, por el poder, por el aplastamiento de la gente
bajo la lápida de alguna homogeneidad (nación, lengua,
sangre, raza, tierra). A esto, Zapatero prefiere llamarlo “batalla
por las palabras”, que en él suena a pelea de filólogos
sobre un estante y que es como dejar el meneo de la política
española en un crucigrama o un scrabble. Zapatero
dulcifica esta guerra bajándola (¿o subiéndola?)
un nivel de abstracción, de la lucha de los conceptos a la de
los signos, y es cuando dice que le parece “lamentable”.
Quedándose en el escalón de las palabras, Zapatero cree
que convierte la disputa en divertimento o en ridiculez, algo
así
como si el alfabeto o las señales de tráfico se liaran
a hostias. Pero todas las batallas son por palabras, todo lo que hace
el ser humano es una gramática. La matemática, el arte
y por supuesto la política lo son, y cualquier conflicto se
reduce al pechazo de un absoluto, una mayúscula, con otros que
están enfrente. Precisamente las palabras son el problema, al
menos el peso y el significado que algunos otorgan a ciertas
palabras, el gusto de utilizarlas como sacos donde meter a la gente,
de ponerles caritas a las categorías como los niños se
las ponen a los soletes que dibujan. De todas ellas, quizá
“nación” o “pueblo” sean las más mentirosas. Lo
lamentable no es que anden las palabras zurrándose, que la
historia del pensamiento humano es eso mismo, sino que sean las
palabras que hemos construido para designar cosas inexistentes las
que más gresca formen. Cuando son mentiras las que cruzan
espadas, da igual el vencedor, porque tendremos la mentira más
alto y más mentira. Gane la nación grande como un
galeón, gane la nación pequeña como un sembrado,
será la misma contradicción y la misma impostura con
más o menos cielo arriba.
La batalla de las palabras
no es la
batalla fútil que cree ZP, en realidad es la única que
nos queda. Lo que ocurre es que para el análisis de las
palabras no utilizamos los instrumentos adecuados. La madurez de la
filosofía ha sido precisamente darse cuenta de que sólo
le queda el estudio del lenguaje y de la ética, una vez
desenmascarada la falsificación de la metafísica. Pero
la filosofía analítica (Bertrand Russell, cómo
no) es árida, desconocida, académica y formalista.
Quizá por eso todavía andamos mirándonos en el
espejo de las Ideas puras, y eso que dicen de que toda la
filosofía
occidental es una nota a pie de página de los textos de
Platón
no es ni siquiera eso para nuestros políticos, que no pasan de
un Platón purísimo o como mucho llegan hasta un
medievalismo tomista (no le dio tanto la vuelta Aristóteles a
Platón como a veces se piensa, y la metafísica
escolástica es un abrazo de los dos, del idealismo
platónico
y la lógica aristotélica). Zapatero, pues, pasó
por Jaén a hacerse propaganda y a echarse fotos con niños
cibernéticos, y queriendo dejar un eslogan, lo que ha dejado
ha sido el problema filosófico fundamental de nuestro tiempo,
las palabras, cómo medirlas, cómo encararlas, pero lo
ha hecho desde el enfoque más antiguo, simple e inútil.
Claro que hay batalla de palabras, y claro que es algo importante.
Pero seguimos utilizándolas mal, seguimos equivocándonos
al hacer realidades de las abstracciones como “nación”.
Carod-Rovira es el fracaso de todo el siglo XX filosófico,
pero también Rajoy está en la misma caverna. Y yo me
doy cuenta de que he metido demasiada filosofía, cuando
aquí
funcionamos con hinchadas y bandas de música.
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