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Los
días persiguiéndose |
24 de noviembre de 2005 Tránsfugas El tránsfuga de pueblo es el traidor que no llega a los reyes sino que está en su primer grado municipal, al nivel de las aceras y los camiones de riego. Suele ser alguien que ha pasado de una camisería o un kiosco al ayuntamiento y no le da ninguna pereza otra mudanza, ya que está. El roce de cerca o de lejos con los constructores y las comisiones le ha hecho ver el verdadero sentido de la política local y pronto las siglas de los partidos le parecen el mismo cirílico. Yo tuve un vecino que ha pasado por todos o casi todos los grupos municipales como por diferentes bares, y aún va como de guapo o de listo. Los ayuntamientos son en política el primer coladero de mediocres, limpiababas y mangantes, y en ese ambiente la honradez y hasta los principios ideológicos parecen ridículos como la virginidad. Tienen que salir tránsfugas, sobornos y gonorreas porque lo dan la promiscuidad y la temperatura. Ahora toca Gibraleón, pero ya llovió antes en otros lugares, aunque quizá con menos jaleo de antenistas. Del transfugismo se han aprovechado todos los partidos, que según les va lo llaman peste o tarea de héroes. Pero ya sabemos que la hipocresía es la musa de la política. Chaves ha propuesto ahora otro comité de expertos, sabios o magos para que nos distingan el transfugismo de alguna clase de viaje astral o conversión paulina. Parece que el anterior pacto que decían tener se les perdía en las definiciones como una cristología. Sin embargo, este tipo de componendas sólo sirve para repartirse, contarse, intercambiarse estos pequeños traidores, para ser los malos o hacerse los dignos por turnos, que es una manera de acabar siempre en empate. En estos asuntos, como en los de cuernos, hacen falta dos, y el tránsfuga lo es porque sin duda lo espera solícitamente una vecina más carnosa. En Gibraleón, la vecina era el PSOE y sigue con la bata abierta. Así es como funciona la política por sus túneles. Algunos traidores llegaron a ser líricos y los pusieron los poetas a cenar con el mismo Diablo. Estos tránsfugas de pueblo no dan para una línea, para un puñal, ni para despertar a Satán de la siesta. |