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Los
días persiguiéndose |
10 de noviembre de 2005 Hospitales Pintar un hospital como pintar una guerra, darles a los niños ceras y recortables, pero yo de niño lo que quería era salir de allí pronto, a un día como un domingo, a la calle como una verbena o un zoo con autobuses, y tener la barriga arreglada y los puntos sin saltarse, para no volver más, para olvidar la mole del hospital igual que una mansión embrujada, para quitarme la peste de los pijamas azules y de la enfermedad, que huele a acetona y a fregado. A uno le sorprende que los políticos, en la sanidad, empiecen con la decoración y los floreros. Tanto como que se presente como nueva promesa el troceamiento de otra promesa vieja. Las habitaciones individuales, que nadie te vea el culo ni te descubra ese miedo infundado a quedarte sin suero, a que te entre una burbuja hasta el corazón... No sé cuánto tiempo llevan vendiéndonos esto, creo que por lo menos cinco años, pero cuando llega resulta que viene dosificado por edades y con un mimo por delante. Pero antes o a la vez, uno preferiría un médico que no amaneciera dormido, que no cobrara como un peón, que no tuviera que operarte con abanico ni despacharte como un tendero con prisa; uno preferiría no morirse antes de que te llegue la radiografía, que funcionaran los teléfonos de cita previa, que ese nuevo programa informático con nombre de concursante de OT, el Diraya, no se quedara colgado ni te borrase la historia como un mal párrafo; uno preferiría que las urgencias no tuvieran ese ambiente de veterinario ni la atención primaria el de sacamuelas. Han empezado con ositos para los niños y luego a lo mejor cambian esa sopa que sólo sabía a cazo. Pero la sanidad pública supura carencias y cuando voy a mi médico de cabecera lo veo cansado, menesteroso e irónico como aquéllos de la serie M.A.S.H. A mí no me consolaban los dibujitos de la sala infantil tanto como creer que me enamoraba de una enfermera dulce, que a uno le parecía un poco pecado, como enamorarse de un monja bonita. Me pellizcaban los cachetes y me regalaban jeringas, pero sigo evitando los hospitales como algunos evitan los cementerios. |