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Los
días persiguiéndose |
15 de septiembre de 2005 El juego Uno, que a la vista está que no entiende de economía, está aprendiendo valiosas lecciones a cuenta de dos cataclismos o voracidades recientes. Primero, el huracán Katrina. El liberalismo americano, que es una cosa como calvinista (el valor del propio esfuerzo, del trabajo, de la riqueza como recompensa divina) fundada en la propiedad, en la capacidad emprendedora y en que cada uno se busque la vida, da un mercado glotón, un Imperio militar y una idea minimalista del Estado que sólo está para los desfiles. Pero cuando el planeta cabreado ha sumergido toda Nueva Orleans como un piano blanco, hemos visto que el precio de ser la primera potencia económica siguiendo este estilo pistolero es el desamparo de los más pobres, que son pescado podrido. Un ejemplo complementario, o sea, de cómo la gran manaza meticona del Estado crea sus propios monstruos marinos, nos lo da la famosa OPA hostil a Endesa. De nuevo asoma su fea cabeza con branquias la manera en que se privatizaron aquí los antiguos monopolios públicos, o sea, repartiéndolos a los amigotes para formar tropa afecta. Por si esto fuera poco, las cajas de ahorro, cuyo fin debería ser social, también han terminado en impúdicos instrumentos del poder político. Si sabremos aquí en Andalucía el hambre, las guerras, las babas, todo para lo que da una caja de ahorros... Las teorías keyneisanas desembocaron en una economía mixta donde todo no puede dejarse al mercado, que es brutal y darwiniano, sino que es necesario un papel moderador del Estado para redistribuir la riqueza. La economía es un juego, sí, pura virtualidad, y los billetes podrían tener la cara del tío Gilito y daría lo mismo. Lo que no podemos olvidar nunca en este mus es el objetivo del bien común. En USA los neocon dejan la economía como una piscina de cocodrilos y a los pobres pinchados en un palo. Aquí, los partidos siguen controlándolo todo con potentados, banqueros, jueces y regatistas de su cuerda. Y uno querría el sabio término medio aristotélico, pero ni los brokers ni los políticos saben cómo se juega a eso. |