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Los
días persiguiéndose |
1 de septiembre de 2005 El viaje Dándoles la vuelta a los héroes y a sus viajes iniciáticos, lo que nos queda es un concejal. El concejal viaja por la propia inercia de su ignorancia, por su falsa escala del planeta y del dinero y por aprovechar la maleta. Cree que las cosas más lejos son también más importantes, piensa que va a encontrar su filiación o su brigadismo en una caverna originaria, todavía peregrina como el que no dio aún con su dios. Esta es una de las explicaciones, que uno ve incluso más irritante que la otra, la de las vacaciones pagadas, la de la simple cara dura. Entre una izquierda que va a buscar el espíritu de la juventud comulgándose a sí mismo en una plaza extranjera y esa satisfacción tan antigua de que el dinero público te pague aventura, porteador y caprichos, no sé que interpretación deja a estos concejales viajeros en peor lugar. Los casos de Córdoba o de Sevilla son, una vez más, mucho dinero tirado al mar para encontrar sólo una sabiduría de turista. Pero el oficio del político consiste precisamente en confundir el interés público con el propio o con el de su basca, sea mochilera o no, y todavía quedar homérico. Por eso, siempre, con Fitur, Finlandia, Japón, Cuba o Venezuela, nos dirán que lo suyo ha sido una valiente visita al dios de la montaña para salvar la aldea. Otra vez la misión del héroe. “Háblame, Musa, de aquel político de multiforme ingenio que anduvo peregrinando larguísimo tiempo, conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el Ponto...”. Y la Musa pasó las facturas, y el pueblo pagó contento, y los concejales que nunca dimiten no trajeron el Grial ni la Rama Dorada, sino los muslos morenos y un cenicero de recuerdo. |