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Los
días persiguiéndose |
28 de julio de 2005 Tecnología Mucha razón tenía el otro día la carta al director de unos profesores de Tecnología de Sevilla. Más importante que el I+D+I en las empresas, que parece una intención de pintar de iridio los despachos, piensa uno que es la educación, verdadero corazón del progreso real, si es eso a lo que aspiramos. La supresión de la clase de Tecnología es sólo una parte del problema porque las Humanidades, la Filosofía, la Historia, también les parece a los legisladores ocio de ateneístas y van a aflojarlas o a darlas en el patio. Es como si se hubieran liado a hachazos con los dos hemisferios del cerebro humano. Al final, sólo queda espacio para que se estudie Derecho o Empresariales, que es lo que da ciudadanos más elegantes y provechosos. Aquel ideal renacentista (o sea, clásico) del hombre de ciencias y de letras ha dejado paso a la cultura del broker, que no es ninguna de estas cosas sino el mercado persa de Ketelbey enchufado a Internet. Ahora que nace la Corporación Tecnológica Andaluza, que de momento sólo es la foto de un orfeón, y hablan de “transferencia de conocimiento tecnológico” y de “intersectorialidad de todos los sectores” (gran hallazgo éste); ahora que navegamos en la Segunda Modernización que, recordando lo que decía Schopenhauer de Dios, es como un hierro de madera y no nos trae más que enchufes floreados; ahora uno recordaría que la tecnología no debería ser el progreso, sino una consecuencia de él. Y que este progreso hay que empezarlo en esas escuelas con carpas que nos pone la Junta antes que reuniendo compañías telefónicas. La ciencia es la poesía de la verdad. La ética, que forma parte de nuestra evolución, un avance más importante que el desentrañamiento del genoma humano. Unamos las dos, verán cómo eso no sale en ninguno de los proyectos que nos traen los políticos. |