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Los
días persiguiéndose |
14 de abril de 2005 Los toros La Maestranza, catedral destechada, campana dada la vuelta ante el balcón del pueblo, monaguillos muy crecidos y valientes, el espectáculo del sacrificio, de la danza y de las babas. La tauromaquia me genera contradicciones y he sufrido ante ella tantos episodios de repulsión como tentaciones de convertirme. Recuerdo una corrida con Curro Romero, con Paula, con Antoñete, ya viejos, gloriosos o cagados, que fue como si torearan tres césares o tres resucitados. Un natural de Curro podía ser como aquel gesto que separó las aguas del Mar Rojo, que da para fundar toda una religión y toda una raza. Y Paula, como si hubiera desatornillado los relojes del mundo, tardando en un círculo lo que tardan los planetas. Pero la crueldad, la institución de la crueldad como arte, hay algo en mí, un budista o un hippie, que no termina de encajarlo, y es cuando la carnicería ensucia el tapiz y ese cuadro estallando contra muchos amarillos tiene feos olores además de música. Sólo el hombre puede convertir la muerte en arte, acaso eso es lo más inequívocamente humano. Cuando la tortura se hace ante un altar es otra cosa, sacrificio, redención, la comida viva que necesitan los humanos o sus dioses. Los toros son vírgenes en canal, gloria, honor y hermosura que se les otorga en la muerte. O al menos esto es así para los que no son toros ni vírgenes sobre una piedra. La Maestranza, esa reolina para la belleza y para la muerte, que nadie ha dicho que no puedan ir juntas, aunque eso tampoco signifique nada. Miro estos días los toros en la televisión, en las fotos donde parecen un vaso griego. Abril es un cementerio encendido por el sol, es un Papa comido por los ángeles, es un torero crucificado por muchachas, es un toro que llegará apaciblemente a santo. Mejor diré que no me gustan las corridas de toros y aquel natural de Curro será sólo un pecado del que me confesaré otro día, tal vez. |