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Los
días persiguiéndose |
30 de diciembre de 2004 El cólico Los políticos dicen que tienen ideología, biblias, modelos de Estado, pero lo que tienen es hambre, un hambre inabarcable que no cabe en ninguna olla, un hambre cósmica como un sed que no se acaba. Hemos visto que todo el lirismo que parecía tener eso del “impulso democrático” no era más que un marmitaco o una barbacoa bien organizada. A los políticos el hambre les dura hasta un mañana lejanísimo y necesitan, antes que nada, dejar la mesa puesta para la jubilación. Con cierta ingenuidad, nos sacaba este periódico el otro día la noticia sin novedad de los funcionarios a dedo colocados por los socialistas en las cocinillas de su provincia, en los múltiples fogones que tienen ellos, graduados desde el filete empanado hasta la espuma de faisán. En la diputaciones, en las empresas públicas, en las tenedurías con cargo al presupuesto, caben todas las barrigas del partido, que están en fila para eso. Y no es cosa de los socialistas, sino que el hambre es universal en política y la fantasía del confitero los seduce y los iguala a todos. La gran máquina de hacer churros de la política no nos sorprende, y las papadas de Gaspar Zarrías o de Antonio Sanz vienen de la misma masa consagrada por santos diferentes. El hambre en la política, desayunarse todo lo que cabe en una hormigonera y querer más. En Jerez, Pedro Pacheco anda en pactos con esa mujer tersa y como ovejil que es Pilar Sánchez, del PSOE, y para darle a ella la alcaldía pide Urbanismo, que es la gran mariscada de los ayuntamientos. No pide Cultura, ni Asuntos Sociales, que eso da sólo cáscaras o polvorones en seco, sino Urbanismo, que es plaza para los sibaritas. Pacheco y sus mayordomos saben comer, no cabe duda, no importa qué hora dé el reloj o si le da cuerda el PP, antes, o el PSOE, ahora. También Rajoy visita Andalucía, lo pasea Arenas desde Málaga a mi pueblo, con ese agujero en el estómago que deja el poder que se fue. Vienen a buscar la cuchara que perdieron y quizá por eso Rajoy parece hablar siempre con fideos en la barba. Cuando nos cansemos de alimentar gordos, puede que llegue una revolución. Mientras, iremos entremetiéndoles un pato asado con un poco de veneno, un poco de ironía, un poco de desprecio. Y cuando les sobrevenga un cólico justiciero, nos alegraremos. |