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Los
días persiguiéndose |
30 de septiembre de 2004 Levantaos Los cuatro espadachines o violistas que han comenzado esto estaban con sus libros y con sus conferencias, en esa edad política en la que todo parece ya haber ocurrido en fotos, cuando el rumbo de Andalucía, que se mueve hoy entre una nana de olas eternas y las palmas al saqueo de las huestes periféricas, los ha unido en un comando. Son muy diferentes Escuredo, Rojas-Marcos, Clavero y el D'Artagnan Pimentel, lo que nos habla de la emergencia de su convocatoria. Diferentes en ideología y en cadencia, en movimiento y en historia. Escuredo va siendo ya más poeta que político, pero su izquierdismo cabal y elegante sigue los mejores modelos de la socialdemocracia europea. Clavero, que devino en héroe rebelándose contra la UCD que no quería café para todos, tiene ese aire de vivir ya entre tomazos de los clásicos y es como el profesor que lleva el diccionario para leérselo a los demás. Pimentel, también desertor glorioso, es el centro bien planchado y la niña inquieta de la política andaluza que viene de su no muy afortunado antipartido como de un mal casamiento. Rojas-Marcos es el que menos confianza me inspira, pues ha presidido mucho tiempo y ha sido la cabeza de mármol de un PA que se subastaba repetidamente y que ha terminado desharrapando al andalucismo hasta hacer que lo tomen por puta. Pero razones no les faltan, no, a esta camerata con tenores y jubilados, con mosqueteros y sabios, pues Andalucía se muere de indolencia y la siesta dura ya muchas vueltas ciclistas. Chaves ha pasado por el ninguneo a esta plataforma, por el boicot mediante sus enlaces económicos y últimamente ha llegado a insinuarse a Escuredo y a Clavero, por quitarles un par de alfiles. Ha reconocido su peligro. El problema de la política andaluza es que faltan alternativas entre el régimen psoísta y la derecha de señoritos que anda ahora flagelándose. No sabemos si la plataforma terminará en partido. Al pueblo le gustan los espadachines, pero a veces también tiene que salir él mismo a acuchillar un caballo o un mameluco. A ver si un día nos damos cuenta y nos levantamos. |