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Los
días persiguiéndose |
23 de septiembre de 2004 Los bolsillos Lo primero que pasa en la oposición es que hace falta otra vez dinero en el bolsillo, con los chicles. Esta pérdida nos justifica todas las guerras políticas, que si no ganas las elecciones eres un currante y te tienes hasta que pagar los cafés, que es el colmo de la humillación. Arenas contándose las monedas es una imagen que nos explica mejor que nada su descenso de las catedrales ministeriales a la guerrilla de la provincia. Toda la caída del PP se puede resumir en volver a rebuscarse los bolsillos: Arenas su bolsillo de señorito, Rajoy su bolsillo de gaitero, Aznar su bolsillo de crucificado. Allí pueden encontrar la horquilla de una novia, un billete de tranvía, una cita para el podólogo que ya pasó y hasta un kiko, cosas que nos hacen muy humanos, esa humanidad que ha perdido el poder por no tener bolsillos. Allí pueden encontrar agravios, traiciones y una navajita. Allí pueden encontrar una foto de fotomatón con todo el viejo Consejo de Ministros poniéndose cuernos. Allí pueden encontrar la pelusa que dejó el mandar y una entrada de la ópera de cuando los Tres Tenores de la Azores cantaron algo de Verdi, que es lo que siempre se canta para los que no saben de ópera. Cuando se pierde el poder, el bolsillo nos recuerda lo que fuimos, lo que ya no somos y lo que somos más pequeñamente. Buscando cambio lo mismo se dan cuenta de todo lo que quedó o se cayó por un mal zurcido, las golosinas, las glorias y los pañuelos sucios. Arenas vuelve a ser consciente de sus bolsillos, que es como volver a ser consciente de que tiene piernas después del coche oficial. Ahora le queda toda una lucha por deshacerse de la calderilla, que eso es más complicado que los grandes presupuestos con doble fondo de Solbes. Para conocer a los políticos hay que fijarse en los bolsillos. Los céntimos para comprar el pan de Arenas nos dicen que buscará otra vez el poder para terminar con esa vergüenza. Los anchos bolsillos sin monedas, los bolsillos del poder de verdad, de los que aquí llevan décadas sin pagarse nada porque las alfombras y mesas se las encuentran puestas, nos dicen que todavía nos torearán mucho. La democracia debería ser, al menos, que cada cual se pagara su café. Pero es una convidada y ya vemos cómo les pesa, como cornamentas, tener que llevar un poco de suelto en los bolsillos. |