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Los
días persiguiéndose |
9 de septiembre de 2004 Astilleros Los astilleros hace mucho que no eran de este tiempo. El Estado no tiene por qué ponerse a hacer barcos igual que no tiene por qué ponerse a hacer coches ni refrescos. Los astilleros públicos, como las pirámides, corresponden a otra época y a otra religiosidad. Pero había que enterrar a demasiada gente y nadie quiso matar a la abuela en la butaca. Las regulaciones, los cambios de logotipo, eso sirvió para crear una épica del pueblo y un hondo sentimiento de tanguillo, la lucha con tirachinas y con mendrugos, la picaresca con sordos falsos, la tragedia de los lunes al sol y de esa soledad del jugador de dominó. Pero no podía hacer nada contra un mal que venía de su propio peso de difunto, que ya lo anunciaba todo. Hay para más de un romance y para más de un buscón, pero entre los astilleros bandidos de Asia y el rejón de muerte de la UE lo han terminado abruptamente. Nos duele la viudez, y un hombre en la esquina es siempre triste. Pero que el Estado siga subvencionando la melancolía es, además de ilegal según nos dice la alta Europa, seguramente un agravio para los demás. Le pregunto a mi padre, jornalero del campo de toda la vida, a quien tengo como una especie de sabio de guardia. “Cuando yo me quedaba parado –me dice--, no salía a la calle pidiendo trabajo por cojones. Esta gente quiere que el Estado les dé trabajo por cojones, cuando no hay, y eso no puede ser”. Quizá tenga razón. Imaginemos a los licenciados, graduados sociales, enfermeros, artistas, plumillas, esteticienes, exigiendo al Estado que les monte una empresa pública para ellos, una oficina, un hospital, una peluquería, exigiendo la publicación de sus libros, la compra de sus acuarelas, o que al menos les prejubilen. “Pues que se unan y luchen como nosotros”, me contestaron una vez Cádiz. Pero el Estado no es esa olla sin fondo que deba pagarnos por contemplar con languidez el horizonte. Hubo tiempos mejores, siempre los hay. Pero el mundo no es una foto y hasta las esfinges pierden la nariz. Ellos terminarán con una paguita. Otros seguirán en el paro. Las dos cosas pueden dar para un primer premio de comparsas, si se visten bien de espantapájaros o deshollinadores. |