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Los días persiguiéndose |
24 de julio de 2003 Siesta mental
Uno siente que está crujiendo todo nuestro sistema, pero más que nada ve un debate de partidarios, voceros y buscamierdas del otro. Los intelectuales se nos han ido diluyendo entre la subvención, el mercado y las cenas con los ministros. Nuestra Democracia sangra, no es catastrofismo sino obviedad, y son pocas las voces que uno cuenta levantándose sobre las trincheras y las alineaciones (de eso está hecho el país) para decirlo. Los partidos se hacen empresas o mafias, el poder judicial es absorbido por el ejecutivo, los gobiernos mienten, manipulan, colocan a sus espadachines por las diversas tenedurías económicas y mediáticas, los políticos no hacen sino carrera e inversiones, se venden siglas como colchones viejos, nos dirigen mediocres a los que ni siquiera les da vergüenza oírse las chorradas, vence el dame pan y dime tonto, la ciudadanía anda de figurante en su propio entierro y todo se cae de sucio y de roto. Pero aquí nos quedamos en un pelea de esfinges: Simancas y Esperanza Aguirre o Aznar y Zapatero, cada uno con su ejército de aplaudidores y tocahuevos. Hace falta más que ese juego de cromos, hace falta un compromiso intelectual que empiece a demoler las presuposiciones que nos han puesto el culo gordo y la náusea en el estómago. No puede ser esto que vivimos, esta política de chiripitifláuticos, esta democracia apañada entre cuatro listos, la única alternativa. ¿Dónde está ese debate? Hablemos de los aparatos y las listas, del aumento de la participación ciudadana, de un cambio en la administración de la Justicia, de una lupa gordísima en la financiación de los partidos, de leyes como bombazos contra la corrupción, el cohecho, las incompatibilidades que resultan tan compatibles y el negocio redondo de la política. Esto es lo que hace falta, más que ponerse a elegir sucesor entre varios feos. No es éste el mejor de los mundos posibles, que aunque siempre se cite al Pangloss del Cándido de Voltaire, no era este personaje sino una caricatura de Leibniz. No es el mejor, ni siquiera el menos malo. Hablemos de ello, y a ver qué podemos hacer. Eso, o seguir durmiendo con el Tour de Francia, entre lejanos ladridos de perros o de niños. |