Desde que nació mi hermanita todo cambió en esta casa. Antes de que a mamá le empezara a crecer la barriga yo era un niño feliz. No sabía que lo era, porque no conocía lo contrario. Siempre tuve a mamá cerca, vivía para mí.
En los días de colegio mamá me despertaba con un beso y una sonrisa. Mientras me ayudaba a bañar, cantaba canciones que le habían enseñado de niña, luego me acompañaba a vestirme, y sólo se levantaba de la mesa cuando yo había terminado de desayunar. Ni siquiera permitía que la empleada me acompañ:ara al paradero del bus, decía que esta era una ciudad muy peligrosa y no quería arriesgarse a que me pasara algo.
Mamá hacía lo que fuera por mí. ¡Lo que fuera! Recuerdo una vez un acto de presentación de final de curso, era una obra de teatro basada en las fábulas de Rafael Pombo y a mí me tocó hacer el papel de Simón el Bobito. Mamá me hizo un disfraz perfecto, un vestido que me quedaba todo grande, lleno de parches con remiendos. Claro que me sentía un poco raro haciendo de bobo, pero mamá se sentaba por las tardes a ayudarme a aprender el poema y me hacía actuar de mil maneras.
Ahora pienso que mamá debió ser actriz y no ama de casa. Me contaba que cuando estaba en el colegio siempre le daban los mejores papeles en las obras de teatro, incluso una vez la mandaron a representar el colegio en una semana cultura y ganó premio por un monólogo que hizo.
Bueno, pero lo divertido (ahora me parece divertido, en ese momento no) fue que durante uno de los ensayos con vestido y todo, llegó papá de trabajar. Mamá, muy orgullosa, me pidió que hiciera la representación para papá, me escondió en el cuarto mientras preparaba la sala como si fuera un teatro, le sirvió un trago a papá y puso música de fondo. Anunció tres veces la presentación como lo hacen en los teatro tocando una campana que teníí de adorno. A la tercera llamada apagó las luces y dejó sólo una que iluminaba el supuesto escenario. Cuando salí y empecé a recitar vi que papá me miraba descompuesto. Yo, que esperaba encontrar una cara tan sonriente y orgullosa como la de mamá, lo que vi fue a un hombre furioso que le gritaba a mamá:
- Pero ¿Qué hiciste? ¡Est&aacutte;s loca, completamente loca!
Me puse a llorar sin entender todavía lo que pasaba. No veía nada de malo en lo que habíamos hecho, pero acto seguido papá: se levantó furioso, me congeló con la mirada y se fue del apartamento tirando la puerta. Yo seguí sin entender que había pasado, que había hecho mal.
El día de la presentación fue otros desastre. Mis papás volvieron a discutir antes de irnos para el colegio. Papá dijo que no iba a seguir "alcahueteando" mis caprichos y que no se hacía responsable de mi mala crianza. Mamá se puso furiosa, nunca la había visto tan brava, me tomó de la mano y nos fuimos al colegio sin papá. Mamá tuvo que ir sola a ver a su nené actuar. Mucho después supe que el famoso vestido de Simón el Bobito era el traje preferido de papá, y mamá, sin siquiera preguntárselo, lo volvió disfraz con cortes, remiendos y manchas, porque consideró que ese vestido estaba muy viejo y además, papá nunca se lo ponía.
Mamá solo tenía ojos para su nené. Ahora me doy cuenta que mamá se ocupaba de mí más de lo normal. Me estaba convirtiendo en un perfecto tonto, caprichoso, tímido y llorón y necesitaba que mamá estuviera conmigo para sentirme bien. Confienso que aveces me daba pena con mis amigos, pero también me daba rabia, porque algunos se burlaban de mí, me decían nene, tata, faldón, y esas cosas. Yo me justificaba diciendo que lo que tenían era envidia. Envidia porque yo tenía a mamá para mi sólo y ellos no.
Pero desde que nació mi hermanita me empecé a sentir muy mal, me comenzaron a invadir unos sentimientos que no conocía, y a tener unos pensamientos tan oscuros como la noche más oscura.
Lo que más me empezó a hacer falta fueron los helados cubiertos con salsa de chocolate y los cuentos antes de dormir. Todos los miércoles, el día en que salía más temprano del colegio, mamá solía llevarme a comer helados a la heladería que quedaba al frente de la casa de mi abuela. Todavía me saboreo las bolitas de chocolate mezcladas con la crema, y la cubierta de pasta dura, ¡mmmmmm!
Por las noches, después de ponerme la pijama y lavarme los dientes, mamá se sentaba al lado de mi cama y leía. Me leía lo que yo quisiera (claro, de los libros que tengo en la biblioteca de mi cuarto): Tranquila tragalenguas, La reina de las nieves, La bella y la bestia, El fantasma de palacio, en fin, mis preferidos.
Otras veces le pedía que se inventara los cuentos. Mamá era una maga para inventarse cuentos.
- Mamá, quiero uno de un bombilllo y una mariposa; mamá, uno de una escoba y un unicornio.
Cada vez se los ponía más difíciles, pero ella siempre salía con algo. Claro, a veces estaba más inspirada y como con más entusiasmo y se inventaba unos cuentos larguíísimos, y para qué, no es porque sea mi mamá, pero eran buenísimos.
Una vez le pedí que me contara un cuento de un fósforo y una hoja de lechuga, imagínense eso: ¡un fósforo y una lechuga !Esta vez sí la corché!, ¡seguro! ¡Pero, que va! Mi mamá era tan maga que terminó inventándose una historia de amor y desventuras entre esa hojita de lechuga que la tiraron a la basura y cayó encima de un fósforo encendido. El calorcito de la llama terminó calentando a la lechuga que venía titiritando del frío de la nevera.
Pero desde que nació mi hermanita mamá nunca me volvió a contar cuentos. Empecé a sentir un odio terrible. Bueno, todavía no s´ si eso que sentía era lo que llaman odio o simplemente rabia. Lo que sí sé: es que ya no soportaba que mi mam´ me hablara, ni siquiera que se riera. La empecé a ver fea y a veces llegué a sentir que ella no era mi mamá. Me la habían cambiado y toda la culpa era de mi hermanita. A mamá ya no parecía importarle si yo tenía hambre o no, me empezó a mandar al paradero con la empleada, no me volvió a ayudar a vestir, me decía que yo ya estaba grande y podía hacerlo solo. ¡Seguro, me había vuelto grande de la noche a la mañana!
Cuando llegaba del colegio apenas si me saludaba, me decía:
- Dile a Clarita que te prepare algo pporque yo estoy ocupada.
Lo hacía con una voz tan falsa que me provocaba taparme los oídos para no escucharla. Yo no le decía nada a Clarita, la empleada, por supuesto, y me encerraba en el cuarto o en el baño, donde no pudiera oírla.
Lo primero que hice fue dejar de comer. Me iba a volver como un esqueleto, tan flaco y tan feo, que mamá iba a tener que darse cuenta y se iba a arrepentir de haberme cambiado por esa nenita. Empecé a tener pesadillas y a despertarme a media noche gritando, pero la que terminaba consolándome era Clarita; la pobre, tuvo que aguantarse mis pataletas.
Yo a mi hermanita, ni la miraba. Sólo una vez que mamá no estaba y ella dormía, no pude resistir el impulso y le sacudí la cuna con fuerza, pegó un alarido tan fuerte que me asusté y salí corriendo. Decidí que era mejor ignorarla. Hacer como si no existiera. Ahora comprendo que ese día supe, sin saberlo, lo que tenía que hacer.
Un día, recuerdo que era un sábado y que llovía a cántaros, fuimos a una fiesta. La fiesta de cumpleaños de mi prima Carolina. Era una fiesta como la que siempre había soñado (para mí, claro). Con payasos, títeres y lo mejor: un mago. Un mago alto, flaco, con barba, un mago como nunca había visto antes. No era como los que a veces llevaban al colegio que sacaban monedas de debajo de las mangas o pañuelos de colores de la varita mágica. Este ni siquiera sacaba palomas del sombrero. Este mago hacía desaparecer lo que fuera. Le pasaron un vaso de Coca-Cola y después de tomársela, el vaso desapareció, como si se lo hubiera comido. Le pasaron una pelota y la puso a girar sobre su dedo índice hasta que la pelota desapareció. Le pasaron una marioneta y después de recitarle unas palabras mágicas, ¡plof! la muñeca vestida de seda, se esfumó. ¿Cómo lo hacía? Todavía me lo pregunto. Era un mago de verdad.
Ese día tuve la brillante idea, la misma que había empezado a surgir la tarde del sacudón. ¿Por qué no pedirle que desapareciera a mi hermanita? ¡Que maravilla! No más trasnochos de mamá, no más discusiones entre papá y mam&aaacute;: que porque papá nunca se levantaba por las noches a darle el tetero, que porque nunca le cambiaba un pañal. Papá gritaba:
- Yo trabajo todo el día y lleggo muy cansado, y para eso usted es la mamá.
¡Era espantoso! Cuando no eran las peleas entre ellos, eran las noches enteras oyendo ese llanto cada vez más fuerte que no dejaba dormir. Y yo tenía que ir de todas maneras al colegio al otro día, trasnochado y de mal genio, por supuesto.
- Pobrecita, ella no sabe expresarse dde otra manera, el llanto es el lenguaje de los bebés- decía mamá.
- Pues que aprenda a hablar rapidito pporque ya no aguanto más.
¡Esta era mi oportunidad! ¡Desaparecer a mi hermanita! Pero ¿Cómo decírselo al mago para no crear sospechas? Porque, claro, iba a ser tratado de infame, perverso, siniestro. Por supuesto que yo no usaba esas palabras entonces, ni siquiera las conocía. Pero era algo así lo que sentía: una mezcla de miedo, emoción y culpa.
Tenía que ingeniármelas para que pareciera un accidente, o una representación como la que el mago nos había hecho en la fiesta.
Lo que más me inquietaba es que yo nunca vi aparecer de nuevo las cosas que el mago desapareció. ¿Sería que su magia no alcanzaba hasta allí? No me atreví a preguntárselo y dejé ese pequeño detalle sin resolver. Pensé que la solución era no arrepentirme. Lo importante era tomar la decisión y no dudar. Después de todo lo que quería era tener a mi mamá para mí solo.
Esa noche no pude dormir, y las siguientes tampoco. Ya no me importaba si mi hermanita gritaba, lloraba o pataleaba. Lo único que hacía era pensar en cómo traer el mago a la casa y hacerla desaparecer sin que nadie sospechara que había sido yo el culpable.
Primero, comencé a leerme todos los libros de espantos y aparecidos que encontré en la biblioteca del colegio. ¿Por qué de espantos y aparecidos? No lo sé. Quizás las palabras aparecer y desaparecer me darían alguna pista. Pero nada. Después me leí las novelas policíacas que papá tenía en la biblioteca. Un detective podría enseñarme algo de su ingenio y malicia. Hubo muchas que no entendí muy bien y otras no me dejaban dormir del miedo y la impresión.
Por fortuna papá y mamá seguían tan ocupados en sus discusiones y con su bebita, que ni se enteraron de que su hijo mayor se estaba convirtiendo en un extraño ratón de biblioteca, como El Fausto con su calavera que una vez vi en televisión.
Busqué todos los libros acerca de magos, magia brujería, encantamientos, hechizos, embrujos, algo que me diera una luz. Llegó un momento en que ya ni sabía qué era lo que buscaba cuando escogía un libro. Alcancé a creer que lo que quería era aprender yo mismo el arte de las desapariciones para no tener que pedirle el favor al mago.
Un día, antes de que se acabaran las clases, se me ocurrió la maravillosa solución. Quería una fiesta de fin de año con mago incluido. Mamá no podía negarse. Me había vuelto un niño tan juicioso, tan callado, tan metido en los libros que merec&iacutE;a un premio por mi buen comportamiento. A mamá le pareció una buena idea. Le insistí en que tenía que ser el mismo mago, alto, flaco y de barbas que había estado en la fiesta de mi prima Carolina.
La fiesta se organizó también para un sábado, todo estaba listo. Invité a mis mejores amigos del colegio, a algunos primos. Mi mamá se veía muy entusiasmada. Compró bombas, sepentinas y guirnaldas. Yo le ayudé a decorar la casa y aunque no entendí muy bien por qué preparaba la fiesta de fin de año con tanto esmero y arandela, no me importó.
Sólo tenía una cosa metida en la cabeza: el mago y cómo resolver lo que había buscado durante tanto tiempo.
Cuando el mago entró me puse nervioso. Recuerdo que me dio hasta dolor de estómago y piquiña por todo el cuerpo. El día tan anhelado había llegado. El mago comenzó la función y busqué con desespero a mi hermanita, porque ya lo había decidido: la iba a alzar y se la entregaría al mago, así de frente. Se lo pediría con firmeza, para que no diera lugar a dudas, lo retaría:
- Mago, si esta tan mago, haga desaparrecer a mi hermanita.
Esta vez había traído un baúl lleno de cosas, muchas má de las que usó en la fiesta de mi prima Carolina: sombreros, pañuelos, varitas mágicas de diferentes tamaños y colores, bolas de cristal, cubos de plástico, muñecas de trapo, máscaras, en fin, iba a ser una función verdaderamente inolvidable.
Yo seguía muy nervioso y no recuerdo realmente casi ninguno de los trucos que hizo. Sólo recuerdo la algarabía que armaron todos los niños cuando en lugar de una paloma blanca sacó una lora que gritaba:
- ¡Magia, magia, viva la magia!- Era rrealmente un mago muy especial.
Mamá estaba elegantísima y papá estaba estrenando un vestido azul oscuro, muy parecido al de Simón el Bobito. Supongo ahora que fue un regalo de mamá para congraciarse con él.
Las manos me empezaron a sudar y lo único que pensaba era en qué momento interrumpirlo para pedirle el acto especial de la tarde. Tenía que hacerlo al final para que alcanzara a hacer todo lo que traía preparado, pues seguramente después de desaparecer a mi hermanita, se iba a acabar la fiesta. No, no podía pensar en el después. No podía imaginarme la reacción de mamá, ni los gritos de papá. Se me empezaron a pasar por la cabeza las imágenes tenebrosas de todos los libros que me había leído, sobre todo los de detectives y policías: me vi en un calabozo gritando y diciendo que yo era inocente; no, mejor, en silencio, tranquilo, convencido de que había hecho lo que tenía que hacer; vi a mamá convocando todas las fuerza divinas y humanas, a todos los magos, brujos, hechiceras, pitonisas del mundo uniendo sus poderes para traer de regreso a mi hermanita. Vi al mago aterrado, haciendo uso de todo su conocimiento y sabiduría tratando de deshacer el embrujo, repitiendo las palabras al revés, para ver si desenvolviendo la película las cosas funcionaban. Descarté todas esas imágenes, respiré profundo y me dije: la decisión está tomada. Tenía que hacerlo, ahora o nunca, y de tal manera que todo pareciera un accidente.
Comencé a buscar a mi hermanita por todas partes. Miré a mamá y no la llevaba alzada como siempre. Busqué con la mirada a Clarita que estaba divertidísima con la lora y tampoco tenía a mi hermanita. ¿Qué se había hecho la bebita, la llorona, gritona y pataleona que no me dejaba dormir? No estaba. Había desaparecido. Pensé que estaría durmiendo, pero tampoco estaba en su cuna, ni en la cama de mamá y papá.
De pronto, como una aparición, vi que venía de la cocina una chiquilla hermosa y contenta caminando hacia mamá, como si fuera de cuerda, cayéndose cada tanto. Era mi hermanita y ese día era su cumpleaños, su primer año de vida. Entonces comprendí lo de las guirnaldas y las serpentinas. Mamá había hecho una fiesta para los dos.