BIBLIOGRAFIA
SANTA FILOMENA
Patrona de los hijos de María
Yo nací el 10 de Enero del año siguiente, y me llamaron "Lumena" o "Luz" porque había nacido en la luz de la fe, a la cual ya mis padres pertenecían de todo corazón. En el bautismo me pusieron el nombre de Filomena que significa, amiga de aquella luz, que por la gracia de este sacramento, iluminó mi alma. En este mismo sentido, guiando la Divina Providencia, se explicó el epitafio de mi sarcófago, aunque los intérpretes no sabían cual era el sentido original de los escritores del epitafio.
Mis padres no querían negarme nada, pero mi padre nunca me permitía apartarme de su Vista. Por esta razón les acompañe a Roma, cuando sólo contaba trece años de edad. El motivo de este viaje era una injusta declaración de guerra hecha contra nosotros por el soberbio y poderoso Emperador romano. Conoció mi pobre padre su debilidad y emprendió viaje a Roma, esperando hacer la paz con el Emperador. Acompañábamosle mi madre y yo, estando presentes en la audiencia con el tirano, ¡Qué asombroso es Dios!... ¡Quién adivinaría su camino!... Mientras mi padre defendía su causa y trataba de justificarse, el Emperador seguía mirándome y respondió : "No se inquiete más; no hay causa ninguna para tanta ansiedad. En vez de emprender una guerra contra su estado, pongo a su disposición todas las fuerzas de mi imperio, si me da la mano de su hermosa hija, Filomena, para contraer matrimonio".
Mis padres aceptaron la condición y después de llegar a casa trataban de convencerme para consentir en ella, asegurando así, decían, mi futura felicidad como Emperatriz de Roma. Rehusé este gran honor, manifestándoles que era la esposa de Jesucristo por un voto de castidad, desde que tuve once años. Mi padre decía, que una niña como era yo, no podía seguir la voluntad propia. Pero el Señor me concedió fuerzas sobrenaturales para permanecer firme y constante en mi resolución. Luego que llegó mi respuesta a los oídos del Emperador, le pareció un pretexto para evitar su condición. "Que venga la princesa Filomena, dijo a mi padre, y yo veré si puedo hacerla consentir".
Volvió mi padre a llevarme a Roma, y viendo que todavía estaba resuelta a seguir en mi propósito, él y mi madre se pusieron de rodillas pidiéndome que desistiera. "Hija exclamaron ten compasión de tus padres, de tu patria, y de nuestro Reino." Yo les respondí que mi patria y mi reino eran los cielos; "Dios y mi virginidad están sobre todas las cosas." No obstante esto, tuvimos que obedecer al Emperador y presentarnos en su palacio. Nos hizo toda clase de promesas para que aceptase el matrimonio, mas en vano. Recurrió a amenazas sin resultado. Al fin, en un acceso de locura, inspirado por el demonio, mandó que fuera echada a un calabozo, debajo del palacio imperial.
En aquel lugar me ataron manos y pies con cadenas pesadas, con la esperanza de poder persuadirme a que me casara con este hombre en cuya alma reinaba solamente el espíritu malo. Diariamente me visitaba el mismo Emperador, renovando sus propuestas. Ordenó me quitaran las cadenas para permitirme tomar el pan y agua que eran mi único alimento, viendo que ni así podía conseguir nada, recurrió a los tormentos. En todo este tiempo mi Esposo divino me ayudó y yo me abandoné en los brazos de mi Jesús y de su Madre bendita.
Al fin de treinta y siete días de terribles sufrimientos, me apareció La Reina de los cielos, rodeada de una luz brillante, y llevando a su Hijo en las manos. "Hija mía dijo pasarás tres días más aquí, y al cuadragésimo de encarcelamiento, saldrás de éste lugar de penas". Estas dulces palabras me llenaron de un gozo celestial Cuando lo dejes proseguía la Santa Madre de Dios, padecerás suplicios crueles por el amor de mi Hijo. Esta noticia me llenó de miedo y sentí la amarga agonía de la muerte. "Animo hija querida, añadió la Virgen, querida sobre todas las demás, porque llevas mi nombre y el de mi Hijo. Te llamas Lumena, o sea luz. Mi Hijo tu Esposo se llama luz, estrella, sol. ¿Y no soy yo también." llamada aurora, estrella, luna? Yo seré tu fuerza. La naturaleza humana es muy débil, pero cuando llegue el momento de la prueba, recibirás fortaleza y gracia. Además de tu Angel de la guarda tendrás a tu lado al Arcángel San Gabriel, cuyo nombre significa "la fuerza del Señor." Sobre la tierra fue mi protector y ahora le envío a ti querida hija mía".
Estas palabras de consuelo me levantaron el corazón y desapareció la visión, dejando un perfume que se esparció por todo el calabozo. El Emperador, desesperando hacerme consentir, recurría al tormento, creyendo que de esta manera podría asustarme e inducirme a renunciar mi voto de castidad. Por mandato fui atada a un pilar, y azotada sin misericordia mientras terribles blasfemias salían de sus labios. "Puesto que se ha obstinado a preferir a un malhechor condenado a muerte por sus mismos compatriotas, el Emperador, merece ser severamente castigada."
El tirano, conociendo que mi resolución era firme e irrevocable, aunque mi cuerpo no era más que una llaga, mandó que me llevasen á la cárcel a morir. El pensamiento de la muerte y el descanso sobre el pecho de mi Esposo, me consolaban, cuando aparecieron dos Angeles radiantes de hermosura, que derramaron un ungüento celestial sobre mis llagas, y me curaron. A la mañana siguiente lo supo el Emperador, que se llenó de sorpresa. Viéndome más fuerte y más hermosa que nunca, quiso persuadirme que debía este favor a Júpiter, quien me libraba de la muerte para que mi frente ciñera la corona imperial. Inspirada por el Espíritu Santo respondía a sus argumentos falsos y resistía a sus halagos. Enfurecido por no conseguir su propósito, dio órdenes para que me arrojasen al río Tiber con un ancla atado al cuello. Mas Jesús, para demostrar su poder y confundir a los dioses falsos, envió de nuevo a dos Angeles en mi socorro; cortaron la cuerda y el ancla cayó al fondo del río. Después me llevaron a la orilla sin que el agua hubiese tocado mis vestidos.
Algunos que presenciaron este hecho milagroso se convirtieron; pero Diocleciano, más ciego que Faraón, declaró que era una bruja, y ordenó que mi cuerpo fuese atravesado por flechas. Herida de muerte otra vez, fui arrojada en la cárcel, donde en lugar de morir, el Señor me envió un sueño tranquilo, del cual desperté tan hermosa como antes. Más enfurecido por el nuevo milagro, el Emperador, mandó que el tormento fuera repetido hasta que expirase; mas las flechas no salían del arco. Diocleciano atribuyó esto a la magia y esperando que la brujería no valdría nada contra el fuego, mandó que las flechas fuesen calentadas en un hornillo. Esta precaución fue en vano.
El Esposo divino me salvó del tormento, volviendo las flechas contra los mismos soldados, de los cuales seis cayeron muertos. Este último milagro causó muchas conversiones, dando la multitud manifiestas señales de rebelión contra Diocleciano y reverencia para nuestra fe. Temiendo consecuencias más graves mandó me cortaran la cabeza. Gloriosa y triunfante subió mi alma a los cielos para recibir allí la corona de mi virginidad, merecida por tantas victorias.
Esto sucedió el 10 de agosto un viernes a las tres de la tarde."