|
![]()
Editorial
En las escrituras hebreas, el año sabático se celebraba cada siete años, y el jubilar cada siete años sabáticos. Durante el año sabático había obligación de perdonar las deudas y de liberar a los esclavos. En el año jubilar, además de los deberes del año sabático, se restituía la tierra a sus antiguos dueños, quienes por necesidad hubieran tenido que venderlas o hipotecarlas. También, como nos narra el Evangelio, Jesús entró el día sábado a una sinagoga y se reconoció en las palabras del profeta Isaías, pues vino a traer una Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos su libertad, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia de Dios (Lc. 4, 16-21). El espíritu que anima y motiva los años sabático y jubilar es el intento de restituir con hechos concretos la igualdad y dignidad de un pueblo que estaba convencido de que quitar la libertad o la fuente de subsistencia a alguien era como quitar algo a Dios o quererlo sustituir. Lamentablemente, aunque los esfuerzos son innumerables, aún nos falta mucho para que como mujeres celebremos un Año Jubilar, ya que la situación económica, política y social de nuestros países ha generado mayores y nuevas preocupaciones para las mujeres: la angustia del desempleo, de los bajos salarios y de la sobrevivencia de familias cuyas responsables son mujeres; las muertes con extrema violencia como en Ciudad Juarez, en México; la situación de las indígenas cuya extrema pobreza se expresa en la desnutrición, la mortalidad materna, la paramilitarización, como sucede en Chiapas; el crecimiento de la violencia familiar, los datos alarmantemente crecientes de enfermas y enfermos de SIDA; el aumento de la prostitución por dificultades económicas; el alto índice de niñas y niños que sobreviven en las calles de nuestras ciudades; el crecimiento de la mendicidad, la dolorosa situación que viven mujeres que por violación, pobreza o enfermedad toman la difícil decisión de interrumpir un embarazo.... Como mujeres, considerando los dramas humanos que hemos mencionado, pensamos que el grito de Yobhel o cuerno, que resonaba cada 50 años, era y sigue siendo un llamado para el tiempo de Kairos, para la hora de Dios en nuestra hora humana: Hora de reconocer que el infinito amor de Dios no ha creado súbitos, sino mujeres y hombres con conciencia y libertad. Hora no solo para pedir perdón de las deudas que la Institución Eclesial tiene con las mujeres, sino también para mostrar voluntad y signos concretos de cambio. Hora preciosa que nos invita como Iglesia a la meditación, para que en conciencia reflexionemos sobre nuestra propia condición, para evitar toda ilusión de omnipotencia sobre lo que decimos y lo que hacemos. Hora que, desde el corazón del sábado, desde las enseñanzas de Jesús y desde las entrañas misericordiosas de Dios, invita a la Iglesia a no discriminar y a transmitir un mensaje de esperanza y confianza, sin exclusiones ni olvidos. En nuestra comunidad eclesial ninguna persona debe ser excluida y condenada por ser mujer; por su color de piel, por ser prostituta, por sus opciones sexuales, o su condición de célibe, casada, separada o divorciada; por su procedencia de clase, país o cultura, por ser madre soltera, por haberse visto en la dolorosa situación de interrumpir un embarazo, por estar enferma de SIDA, por ser víctima de una violación, por utilizar métodos anticonceptivos... Todo ser humano aunque sea extraño o enemigo, se convierte en prójimo, no sólo por la dignidad humana común, sino porque es la imagen viva de Dios. Por Guadalupe Cruz Cárdenas, CDD México |
© Católicas por el Derecho a Decidir
Conciencia Latinoamericana es una publicación
de la Oficina Regional para América Latina de
Católicas por el Derecho a Decidir. Los artículos
pueden ser reproducidos libremente, siempre y
cuando se cite la fuente.