Diciembre 1999

EDITORIAL

Mientras trabajábamos en la edición de este ejemplar de Conciencia Latinoamericana sucedieron dos hechos significativos y contradictorios a nivel internacional. Por un lado el Papa pidió perdón por los pecados cometidos por la iglesia a través de toda su historia y por otro, en la PrePcom de Beijing + 5 en Naciones Unidas, en marzo de este año en Nueva York, numerosos sacerdotes, religiosas y laicos pertenecientes a grupos pro-vida obedeciendo las enseñanzas y órdenes de la jerarquía de la Iglesia liderados por la delegación oficial de la Santa Sede, se oponían a los derechos de las mujeres.


No sólo se oponían sino que agredían e intimidaban a mujeres en sus foros de discusión, como ocurrió con el foro de las jóvenes y el foro de las mujeres lesbianas. Del Movimiento Internacional Somos Iglesia tomamos algunas reflexiones acerca del perdón del Papa. Esta ceremonia denominada “Confesión de culpa y petición de perdón”, consta de un texto de seis páginas. El mismo contiene siete puntos donde se confiesan:

1.- culpas en general.
2.- culpas en el servicio a la verdad.
3.- hacia la unidad de los cristianos.
4.- en relación con Israel.
5.- contra el amor, la paz, los derechos de los pueblos y el respeto a las culturas y religiones.
6.- contra la dignidad de las mujeres
7.- contra los derechos fundamentales de la persona.

Cuando el Papa habla de culpa se refiere a los hijos de la iglesia, a los bautizados en general, sin embargo, nadie ignora que los simples cristianos, en toda la historia de la iglesia católica, nunca han sido consultados por la jerarquía para tomar sus acertadas, o equivocadas, decisiones.

Evidentemente el Papa no podía nombrar a ningún responsable de las matanzas de la Inquisición, por ejemplo, a Sixto IV, quien, el 11 de marzo de 1482, nombró Gran Inquisidor al domínico Tomás de Torquemada, porque nombrarlos iría contra el dogma de la infalibilidad papal. Es decir, que sería admitir públicamente que los papas se equivocan, por ende, no son infalibles. Lo que por extensión significaría que los demás dogmas católicos tampoco serían válidos.

En ética, una culpa no se extingue por el simple hecho de pedir perdón, sino que es necesario resarcir a la víctima por el mal que se le ha hecho. ¿Qué pasa con la sangre derramada durante la Inquisición? ¿Cuántos fueron los cátaros asesinados hasta que todos fueron exterminados? ¿Cuántos los Valdenses matados, primero en Francia, y perseguidos al Piamonte e Italia, si los historiadores afirman que, en un solo día se asesinó a 37.000 de ellos? Se calcula que la Inquisición, que fue una de las instituciones más importantes de esa iglesia, además de la más sanguinaria e injusta que ha visto el mundo occidental y cristiano, mató en las cámaras de tortura o quemó en la hoguera a once millones de personas. Fueron males que respondían a una mentalidad que, hoy día, no podemos comprender ni aceptar, pero, toda esa sangre que regó por siglos, en especial las tierras europeas, ¿se evapora por una sencilla solicitud de perdón?, ¿y la sangre derramada por las espadas que acompañaron a la cruz en la conquista de América?. Sin embargo, en el texto utilizado para la ceremonia, el Papa nunca pide perdón por tanta sangre derramada, es más, la palabra sangre sólo es utilizada en una sola ocasión y para referirse a la de Jesucristo.

Es fácil admitir culpas frente a las mujeres e, inmediatamente, hablar de los no nacidos destruidos en el seno materno ¿no es una forma directa de aprovechar esta nueva ocasión para culpabilizar a las mujeres? Como si cada mujer cristiana no cargara, ya, con el pecado original que la iglesia atribuye a Eva, y como si el Papa no aprovechara cada oportunidad, a tiempo o a destiempo, para recordar a todas que el único papel que la jerarquía católica admite para ellas es ser madres, amas de casa y sirvientas de su familia. Esas mismas quienes son el noventa por ciento de las fieles que justifican la existencia de esa iglesia y el poder que le da al Papa contar con cientos de millones de miembros.

Es fácil pedir perdón por las culpas de los anteriores dos mil años pero ¿qué pasa con los pecados actuales?. ¿Qué se hace frente a los, aproximadamente, cuatrocientos teólogos y teólogas católicos, a quienes el Vaticano ha separado de sus cargos, o silenciado completamente, durante las últimas dos décadas y aun hoy día? Sólo en América Latina tenemos los casos recientes de Leonardo Boff e Ivone Gebara. ¿Cuál será la conducta de la Santa Sede en la próxima Asamblea General de Beijing + 5 en Naciones Unidas después del Perdón del Papa?. ¿Alguien imagina a estos delegados pidiendo perdón al mundo por su misoginia y cambiando de actitud frente a la demanda de las mujeres por sus legítimos derechos?

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