Diciembre 1999

Los buenos deseos y sus consecuencias

¿Es legítimo proponerse educar en materia de sexualidad? Si consideramos que la educación es inevitablemente un proceso normativo, entonces la educación sexual es una imposición en nombre del bien del otro. Sólo un proceso educativo vivido como experiencia abierta puede contemplar los valores y cambios en el presente.

por Cristina Grela


Mi padre aún hoy recuerda que, cuando era joven, en los años 30, siendo que la sífilis azotaba con sus consecuencias, el cura de su parroquia trataba fervientemente de salvarlos de la enfermedad. Él dice que abría sus brazos y los convocaba con voz potente: "abstinencia... abstinencia".

Cuando me confesaba de niña, no más de 8 años de edad, el sacerdote me preguntaba por "actos impuros". Me dejaba desconcertada, sintiéndome extraña y torpe a la vez. Estando en el liceo también de religiosas, me preocupé mucho cuando día tras día notaba que a la túnica de la compañera que se sentaba delante de mí, los botones le rompían los ojales. Faltó a clase por unos días y la túnica volvió a su lugar.

Sin embargo, una encantadora señora con muchos hijos fue nuestra educadora sexual del preuniversitario. Teníamos permiso de preguntarle todo. Ella se dedicaba a hablar loas del matrimonio y nos convocaba a rezar por nuestros futuros esposos a los que, por supuesto, aún no conocíamos.

Al mismo tiempo mi hermano, en los Salesianos, era estimulado a largas competencias deportivas para "gastar energías".

No recuerdo que nos preguntaran: "qué pienso, qué siento, qué quiero". Más bien parece una larga historia de interrogantes e incomprensiones.

En ningún caso dudo de la buena voluntad de todas esas personas de querer nuestro bien... y de eso se trata la llamada educación sexual y la buena o mala nueva que trae a nuestras vidas.

Es entonces un asunto ético y moral donde algunas personas bien intencionadas, en nombre de lo mejor tratan de ayudar a los otros. ¿Cuáles son esas buenas intenciones? Sinceramente, la educación sexual es una necesidad, no un ideal.

No es sencillo orientar sobre estas cuestiones, ya que no hay respuestas buenas o malas, y ese es el desafío de encontrar sentido a situaciones del presente de acuerdo con los valores que vamos incorporando en un mundo en cambio. Es la búsqueda de respuestas a la normatización de la vida, la parcelación del mundo externo e interno, el dualismo entre sentimientos y la fragmentación de las personas. Como producto de esta cultura, puede ser alienante, fragmentada, represora y en consecuencia, muchas veces ineficaz al crecimiento humano.

¡Tengámoslo en cuenta! De todas maneras es un recreo para dar nombre a lo que no siempre se puede, salir de los secretos, airear las culpas y concientizar la represión. Pero también puede ser el ayudarnos a pensar, a preguntarnos y colocarnos en distintas situaciones en integridad de lo que somos y con la elasticidad que necesitamos. Tener en cuenta momentos, culturas, edades y situaciones es considerar al proceso educativo como una experiencia abierta y multicéntrica y no confundirla ni enmascararla con un proceso normativo cuando no es eso lo que queremos hacer.

Las normas en general no acompañan los procesos históricos y la transformación de los valores. Son más bien barreras para que ese proceso se habilite, las resistencias de lo viejo sobre lo nuevo. ¿Es lícito normatizar en sexualidad por el bien de los otros?

Es una tentación ante la desorientación de la vida actual tener algunos valores de referencia. ¿Cuales son esos valores del presente, los cambios y las dinámicas que los interactúan?

Un nuevo proceso de humanización

Es menester considerar los adelantos que se produjeron durante este siglo y que apuntan al mejoramiento de la vida e integridad de las personas para incluirlos en una dimensión nueva de la sexualidad.

Estas conquistas probablemente nos lleven a un nuevo proceso de humanización necesario para la construcción de un mundo donde hombres y mujeres estemos dignamente presentes. Ellos no son despreciables.

El proceso que marca la presencia masiva de las mujeres en el trabajo fuera de la casa en las instituciones y en los gobiernos ha sido de importancia. Marca distintas relaciones entre los géneros, clama por la igualdad de derechos de ciudadanía y que se concretaron en diferentes conquistas en el mundo: sufragio, divorcio, tenencias. En ciertas formas también se ha llevado al mundo público lo privado.

Esto cambia roles en la pareja, en la familia, en las decisiones, pertenencias y exigencias.

El reconocimiento de la feminización de la pobreza salta a la vista ahora después de siglos y es un paso de conciencia social para iniciar transformaciones.

Con relación a la sexualidad, durante este siglo se logró la legitimación de la sexualidad placentera en ambos sexos. Los sexólogos que en los alrededores del 30 comenzaron a considerar al orgasmo femenino como un cierto misterio de la naturaleza. Vergonzante para algunas, motivo de orgullo para otras, era corriente para las mujeres en general vivirlo también como inmoral. Llegando al 2000 se habla con comodidad y derecho al mismo. Algunas estadísticas recogen una acentuada disminución de anorgasmia de las mujeres en los últimos años.

Los derechos sexuales están en proceso mundial de reconocimiento y legitimación. Entendemos que heterosexualidad u homosexualidad son opciones de preferencia relacional. La homofobia y misoginia son formas de intolerancia y discriminación a la intimidad de las personas y la igualdad en las relaciones afectivas con el mismo sexo, producto también del control establecido.

Por primera vez en la historia y como efecto del descubrimiento de métodos anticonceptivos modernos, actualmente es posible decidir sobre nuestra vida sexual y no estar destinados al peligro de reproducirnos sin compromiso.

La sexualidad como encuentro y comunicación tiene un lugar legítimo. Cuando la anticoncepción puede ser accesible en todo el mundo, maternidad y paternidad son actos conscientes de generosidad y compromisos humanos para apostar a la vida feliz y digna de otros a quienes generamos, no accidentes ni destinos.

Claro está que no está todo hecho ni dicho, ya que la instrumentación de lo nuevo embiste ideas milenarias, pero tenemos muchos elementos para lograr una mejor calidad de vida, de afectos y ¡de familias!

¿Qué hacemos con ellos?

Sexualidad: un emergente del todo

Por un lado tenemos problemas inmediatos, por el otro la transculturación del mundo que nos entregan los medios de comunicación nos coloca frente a otras realidades, modos de vida y costumbres sexuales.

Estamos en un permanente cuestionamiento de ideas, valores y actitudes en lo cotidiano, orientados a buscar respuestas y dimensiones trascendentes.

Estas preguntas han sido las que nos acompañan desde la aparición de nuestra conciencia humana y la tensión entre finitud y capacidad creativa. En definitiva, son el motor de la existencia.

Cada uno de nosotros elabora una especie de Teología sexual personal para responder los interrogantes que tenemos. Eso es válido, riquísimo y único.

Es por eso que la educación sexual no puede ser masiva ni algo que necesitan sólo los jóvenes o los niños, sino un proceso continuo para todos, ya que los adultos tampoco tenemos las respuestas finales y reconocerlo es un paso necesario.

Es cierto que el presente nos plantea problemas concretos, fruto de otras situaciones de injusticia y desigualdad social y cultural donde la sexualidad es solamente un emergente visible del todo.

El sentido de la sexualidad y su práctica tienen que ver con el sentido de la vida, el proyecto de futuro, las relaciones interpersonales y el amor y cuidado que tenemos de nosotros mismos y de los otros. Esa es la dimensión de la crisis actual, ya que por un lado los valores tradicionales no atienden a las necesidades concretas y no hay un proyecto de humanidad que cumpla con las expectativas. El sentido de la sexualidad se vuelve competitivo, utilitario, neoliberal y posmoderno. Esto produce frustración y violencia, ya que la sexualidad no es otra cosa que nuestra energía básica en relación. Es auténtico preocuparse por el aumento del embarazo adolescente, el infanticidio y las infecciones por VIH-SIDA, ya que llegan a cifras alarmantes. Unos y otros canalizan la miopía social para considerar la realidad relacional de la gente y el desprecio por la vida.

Es preciso reconsiderar el uso de los sentimientos, del concepto de amor que estimula a perderse en la entrega.

Autoestima: un trabajo esperanzador

Un elemento fundamental de trabajo esperanzador es la consideración de la autoestima como eje sustancial de quienes somos.

Tan viejo y tan nuevo, muchas veces se vuelve amenazador para la cultura.

En nuestro mundo occidental y cristiano está mal visto porque se confunde con egoísmo, autosatisfacción y egocentrismo y se culpabiliza por ello, especialmente a las mujeres, ya que el mensaje es darse sin límites.

Este proceso anula y paraliza para hacerse cargo de la autoafirmación necesaria para poner límites, dar crédito a las razones propias, hacer los procesos de decisión, dar y recibir.

A más de ella, respeto mutuo, solidaridad, sentimientos, no violencia explicitando las tensiones de géneros, tal vez puedan ser esos valores básicos para hacer de la sexualidad un lugar donde encontrarnos y sentirnos integralmente en unidad.

Ellos surgen como expresión humana cuando se da la oportunidad de hacerlo. Esa es nuestra fe.

¿Habrá valores más evangélicos que amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás y no hacerlo al revés como se nos enseña para luego perdernos sin saber quienes somos?

Y si aquel cura párroco hubiera dicho: "Ámense y cuídense a ustedes mismos porque se lo merecen", tal vez, ¡otro gallo cantaría!

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