Católicas por el Derecho a Decidir
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Cuando la verdad no es  más que un pretexto

 

 

IMELDA VEGA-CENTENO B.

 

Escándalo

 

Las larguísimas investigaciones del procurador Kenneth Starr, detrás de una “investigación judicial” ocultaron su evidente voyeurismo, el cual no tenía otro objeto que arrinconar al Pte. Clinton y destruirlo, pura y simplemente.  Del escandaloso juicio, las vergonzantes declaraciones y prejuicios por el ventilados, parece que la única ganadora (en dólares) es la Srta. Lewinski, cuyos dudosos comportamientos antes, durante y después del affaire,  nos eximen de calificativos. Pero, ¿qué ganó la sociedad norteamericana con este millonario y escandaloso caso?, ¿creció en consciencia, responsabilidad, sentido democrático, solidaridad social o siquiera, se instruyó en algo?. Todas las respuestas son no, en todos los idiomas.

 

Lo que se esconde detrás de este tipo de comportamientos sociales es la simple y llana malevolencia, ese “querer mal y querer el mal”, que los psicoanalistas se niegan a calificar pero que los especialistas en ética y moral han estudiado desde hace mucho tiempo. Desde la teoría de los comportamientos podríamos decir que se trata de pulsiones agresivas, que bajo apariencia de buscar el bien, buscan destruir al otro, a los otros. Una psicoanalista francesa ha llamado a este tipo de actores sociales “predadores del otro” (Marie-France Hirigoyen “Harcélement moral. La violence perverse au quotidien”[1], Syros, Paris 1998),  pues son portadores de una violencia destructiva particularmente nociva, sobre todo cuando ataca a la identidad del otro: claro comportamiento predatorio  particularmente violento contra los diferentes, por características étnicas, de género, opciones sexuales, sectores sociales,  por pertenencia religiosa y/o cultural.

 

Esta es una forma indirecta de violencia, denegada por quien abusa de ella, invisibilizada bajo el manto de la “moral y buenas costumbres”, pero ejercida cotidianamente en el hogar, en la escuela, en la calle, en la prensa, y en la política a través de anotaciones punzantes, alusiones desagradables, sarcasmos, caricaturas, ignorancia voluntaria, palabras ambiguas o engañosas, transtocación de términos, tergiversación de la historia, es decir: mentiras, engaños diversos, vampirisación disfrazada,  todas ellas son formas a través de las cuales “la personalidad perversa se esfuerza insidiosamente por desestabilizar al otro” (Hirigoyen, 1998)

 

Se trata de personas, sistemas, que necesitan destruir para poder existir, abusar para poder afirmarse, pisotear para llegar al poder. Su propia valoración parte de la descalificación de sus semejantes, se alimenta de la muerte psíquica o moral de sus semejantes. Pero, un comportamiento predador no se muestra desembozadamente, se esconde detrás de la moral, las buenas costumbres, el progreso, el éxito, se disfraza de virtud, para seducir a los demás, incluída a su víctima.

 

Engaño

 

Hoy, en un contexto sociocultural permisivo, donde se exalta el derecho a la información, como un bien absoluto,  y ante una especie de parálisis  del pensamiento, permitimos que sean toleradas estas actitudes, las mismas que serían éticamente reprehensibles:  “ya no encontramos capacidad de indignación cuando la maldad aparece en la escena pública, amplificada por los medios de comunicación”, anota Hirigoyen. El medio social acostumbrado al uso y al abuso de la malevolencia, se esconde en el temor, se abstiene del conflicto, termina siendo cómplice pasivo/activo del mismo.

 

El caso del abuso y acoso sexual que, de diferentes maneras fueron objeto personajes como Bill Clinton o Lady Di,  conlleva terribles consecuencias a nivel personal, pero, los pueblos, las naciones, y la aldea global que vivió pendiende  de la actuación del procurador Starr o de las incursiones de los paparatzzis, ¿qué ganaron, qué ganamos?, ¿un escándalo más qué importa?, ¿no resultamos también victimizados por la degradación moral que dichas actuaciones inquisitoriales provocaron?.

 

Ahora bien, esta reflexión y ejemplos tienen por objeto hacernos pensar en lo que pasa aquí y ahora.  No es por casualidad la actual explosión de la televisión basura y de la prensa chicha, en el mismo momento que se producen en el país las más cuestionadas elecciones políticas de la historia republicana. La malevolencia ha sido un personaje principal en éste escenario que se prolonga ya demasiado. En este contexto, ni las figuras predadoras de los talk shows,  ni los lastimosos pediodistas de la prensa amarilla existen y actúan al azar, estamos en una época particularmente masmediatizada, y aunque la malevolencia desde el púlpito también existe[2], la posibilidad de difusión y multiplicación de los mensajes malévolos encuentran en su utilización una extraordinaria capacidad de generalización.

 

Es decir, la malevolencia de una Laura Bozzo o de una Magali Medina, al ser transmitida, comentada y discutida por los medios de comunicación adquiere unos alcances que superan largamente toda megalomanía de poder de los mismos sujetos predadores,  alcanzan a un público masivo,  las oiga o no, y sus efectos destructivos del otro, son también multiplicados al infinito por la magia de la masmediatización. Dejan de ser predadores individuales,  para convertirse en predadores sociales, llegando a provocar verdaderos “genocidios morales en la sociedad” (Ib.), con lo cual su peligrosidad es infinitamente mayor que sus cortas o medianas luces personales.

 

Queremos terminar esta reflexión con la misma cuestionadora pregunta de Hirigoyen,  es cierto que en las encuestas aparecen claros rechazos a este tipo de actores sociales predadores, pero sólo cuando cometen excesos, cuando alguna asquerosa lamida de axila repugna a cierto público, o cuando el ataque se dirige a un personaje entrañable (para algunos) como la Chola Chabuca; pero ¿cuántos maltratos y crueldades psíquicas, no nos conmueven y hasta nos deleitan?, o también ¿cuánta complacencia producen  en el público para que estos predadores sociales, sigan teniendo ratting y sigan vendiendo periódicos?.

 

Frente a la gravedad de la anomia en que nos hunde la impune actuación de estos predadores sociales, es urgente que la sociedad civil reaccione, en defensa de su derecho fundamental a una vida sana, sin amenazas de muerte física o moral, en defensa del derecho  a una información que hace crecer en conciencia y responsabilidad. ¿Seremos capaces de lograrlo?.

 

Jesús María, junio del 2000.



[1]  Traducción libre: “Acoso moral: la violencia cotidiana”.

[2]  Los peruanos también la soportamos en transmisión nacional por TV. Hirigoyen se refiere a la violencia desde el púlpito como la fuente de una serie de imposiciones morales, en tiempos donde el púlpito era el medios de comunicación masiva por excelencia.

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