![]() AGO-99 Nº 205 |
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A todos mis hermanos en creencias,
con amor fraterno y cordialidad.
Las voces de ultratumba son oídas
en todos los confines de la Tierra,
y la ciencia le presta su atención
para el ensanchamiento de su esfera.
Nuestro credo inmortal, nuestra Doctrina,
ya no es una locura, espiritistas,
y avanza majestuosa entre las sombras
que han intentado en vano destruirla.
No hay dique que la pueda contener,
no hay fuerza que obstruya su camino;
porque brota de Dios y es la esperanza,
la redención del mundo en que vivimos.
¡Gloria a la libertad de pensamiento!,
¡gloria a la irradiación del
Más Allá!;
¡gloria a nuestro maestro Allan Kardec
y a cuantos con su ejemplo luz nos dan!
Cantemos a la vida, hermanos míos;
rompamos las cadenas del error,
y alcemos del Amor y la Esperanza,
del credo universal el pabellón!
El momento difícil ya ha pasado,
las sombras se retiran del umbral,
y ha llegado el momento de batirse
en defensa del Bien y la Verdad.
Vayamos a las armas del amor
y la fraternidad con entereza,
llevando el corazón por estandarte
y el nombre de Jesús por santo y seña.
El mundo es nuestro campo de batalla,
y en él, la Humanidad, nuestro botín.
Conquistarla debemos con amor
y hacerla más dichosa y más
feliz.
¿Qué importa que la lucha sea
ardua,
que sangre el corazón en la contienda?
El fruto a recoger es más hermoso
si con sangre y sudor, llanto se riega.
¡Adelante...! Vayamos a la lucha
con tesón y con fe, con valentía.
No dejemos que el hombre desespere,
y que sin fe y sin Dios su alma viva.
¿No veis cómo se arrastra entre
las sombras?,
¿no veis cómo se vuelve contra
Dios,
cómo cifra su gloria en los placeres
y se abisma del mal en el error?
¿No veis cómo destruye cuanto
toca,
igual que un nuevo Atila despiadado?
¿No veis cómo cava de su tumba
el hondo precipicio paso a paso?
Vayamos a su encuentro, hermanos míos,
no dejemos que arrastre más su cruz;
sirvámosle de humanos Cirineos,
compartiendo su peso y su acritud.
Curemos sus heridas milenarias
con la voz del Amor y la Verdad
que brota de las tumbas de los muertos
para hacerse clamor universal.
Nuestro credo inmortal le hará feliz,
será más resignado en el dolor,
y por la fe de Dios se elevará
del espacio infinito a la mansión.
El hombre es nuestro hermano en el dolor,
y Dios, es nuestro Padre universal.
Él quiere para todos luz y bien,
el goce del amor y de la paz.
Amemos pues al hombre, hermanos míos,
como es nuestro deber y Dios lo quiere,
fundiéndonos con él en el amor
a través de la vida y de la muerte.
Llevémosle al encuentro de Kardec
por la senda del bien y la esperanza,
para que avance unido con nosotros
y abandone las sendas de la nada.
Nuestra felicidad será completa
cuando el hombre nos siga y caminemos
al encuentro de Dios y de Kardec
fundidos en un haz de amor fraterno.
JOSÉ MARTINEZ FERNÁNDEZ