MANUÉ

La inercia, residuo cotidiano del movimiento por el espacio o el tiempo, los lleva de la mano, la cabeza, el pecho, el tronco, los brazos, porque de ninguna otra manera se podría explicar el desplazamiento sufrido por estos dos cuerpos ancianos que deben haber recorrido no menos de un kilómetro, y si esto les parece exagerado no olviden que deben añadir el regreso. Posicionados en las coordenadas de alguno de los dos individuos, girando la cabeza hacia la derecha, podrán observar el tamaño aparentemente diminuto de las primeras viviendas, debido sin lugar a dudas a la gran distancia que los separa del punto de observación. Y todo esto dando por supuesto que ambos residan en los edificios más cercanos, teoría bastante optimista y poco probable que de estar equivocada nos llevaría a una distancia aún mayor.

Como pueden ver, su avanzada edad no les impide afrontar estos largos paseos con gran ánimo y probada efectividad. El pelo blanco, la ropa clara, paso lento pero constante y decidido, rigidez y pausa en los gestos, orgullo, las manos a la espalda.

--Manué, hay que ver como están los toros.

--Sí --acompañado con inequívoco balanceo de su cabeza.

--Dicen que corría más el Aparicio que el toro --afirma con sonrisa burlona.

--Sí, ya lo sé, hombre --con balanceo.

--Si es que como no hay buenos toros, Manué, no salen buenos toreros --el otro asiente--. Eso es así, ahora no es como antes. Antes si que había buenos toros, ¡mecachinlamá!

--¡Digo!

Una leve parada en el camino, en el centro del camino. El morro del puerto está casi desierto, los domingueros descansan este miércoles. Ambos se giran pues su atención ha sido captada por unas cañas de pescar que, enganchadas a sus amos, se afanan en demostrar su uso. Las bocas de los ancianos se abren y los ojillos se cierran en vano intento por una mejor visión de la escena. Giran los dos cuerpos gastados por el uso y el desuso, ayudados por la leve brisa veraniega que sacude las finas telas de sus pantalones y camisas.

Los pescadores discuten animósamente y no se ven peces, ni pescado y dudan que haya pescadores, así que ambos resuelven continuar la marcha. Se acercan al borde de piedra y andan pegados a él.

--Manué, hay que ver como está la vida. ¡Qué caro está todo! - comenta frenando el paso como para poner más énfasis en sus palabras.

--¡Bueno! esto es de verguenza.

--Cuestan las cosas más caras en los barrios que en el centro --cara de asombro.

--Sí, sí.

--A lo mejor te cuesta una cosilla mil pesetas en una tienda de barrio y en una del centro te cobran cien pesetas.

--Sí.

--Sí, Manué, eso es así --tono de que no se admite discusión.

Dan la vuelta, perfectamente conscientes del momento y el sitio exacto del trayecto. Adivinan la cuesta abajo, aunque esto no es motivo de alegria ni de tristeza, simplemente es. A su edad, pocos motivos de ilusión irrumpen en su monótona existencia, pocas ilusiones producen efectos visibles, y, de estos, pocos son advertidos por la poquísima gente que de casualidad los observa. No se precipiten a suponer que por ello puedan sentirse tristes o solos, pues se equivocarían de lleno. Su vida reposada y tranquila es todo lo que parecen necesitar: extensos paseos matutinos, empaparse del frescor salado de la mar, olor a pescado, largas siestas, reposo, caldito caliente preparado con mucho cariño por las viejecitas y poco más.

--Manué, el DNA está formado por dos espirales de azúcar fosfatada con conjuntos pares de bases: Adenina-Timina y Guanina-Citosina, pegados a ella.

--Sí, sí.

--El orden en que aparecen dichos pares de bases determina el código. ¡Este orden es muy importante! - afirma con indiscutible autoridad y convencimiento.

--Sí, eso es así --reconoce el otro.

--Eso es así, Manué, eso es así.

JmP

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