UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía

Necronomicón

Segunda Época. Año 3. N° 3. Octubre, 2004

Diez años exactos. Diez años desde que el número dos salió de imprenta y teníamos la esperanza de ver más números en prensa. A comienzos de 1995 el número tres ya estaba maquetado, pero era una época de transición, de relevo generacional; yo mismo me vi en la necesidad de retirarme de UBIK a mediados de 1995 y pasar a la categoría de honorable fantasma que aún ostento. La sangre nueva que circulaba por UBIK tenía otras prioridades: el BBS consumía muchas energías y en él estaba gestándose el Proyecto Historia Universal, UBIK sacó una nueva publicación (en cierto modo sucesora del Necronomicón) llamada Temporal, los Concursos Literarios continuaron y el club iniciaba sus primeros pasitos en Internet. Lo cierto es que Necronomicón víctima del encantamiento quedó en animación suspendida, como una criatura que nació para cumplir con una tarea y que se ve obligada a desaparecer antes de tiempo… por ello siempre deambuló como una sombra, durantes diez años, recordando y deseando volver. Ahora está de nuevo aquí, como un fantasma, como un espectro que desea la vida, que ansía estar de nuevo en el mundo material, pero que se debe conformar con la imitación virtual de la materialidad.

Necronomicón ha regresado y en esta oportunidad con relatos de Eximeno, Álamo y Bonsembiante. No pudo ser mejor, una invitación a los lectores a degustar excelentes historias; breves pero intensas… si las potencias de la oscuridad se muestran benevolentes nuestra cita será mensual. Así que hasta la próxima aparición, mientras tanto los dejo con los autores de este número.

 

La Bella Durmiente
Un cuento infantil

por Santiago Eximeno
 

Santiago medra en el ciberespacio, hasta tiene un antro con su nombre. Escribe en exceso, la única manera conocida por el hombre para lograr la perfección. Sus engendros pululan, atraen y encadenan la voluntad de los lectores. Santiago confía que esos sortilegios surtan efecto y conjuren aquel futuro de solvencia económica que vislumbró cuando niño en una noche oscura y tormentosa, en medio de burbujas de caos e incoherencia cósmica. Mientras tanto está condenado a la existencia de los hombres mortales y escribe y escribe para nuestro beneplácito. En esta oportunidad nos regala la lectura de La Bella Durmiente, una bella reescritura del famoso cuento infantil… que al final se sale de control.

Érase una vez una bella joven llamada Talía cuya pasión consistía en dejar pasar las horas muertas junto a su ventana, observando a la gente. Su condición de princesa le permitía veleidades como aquellas, y no tomaba en consideración las continuas quejas de sus padres sobre su comportamiento. Ellos, sabedores de que una terrible maldición pesaba sobre su hermosa hija, procuraban acceder a todos sus caprichos murmurando débiles protestas pero nunca obligándola a hacer algo que no deseara.

Sin embargo, a pesar de todo ello, un día de lluvia la princesa decidió visitar la parte alta del castillo, encontró una rueca de hilar lino y se pinchó el dedo índice, justo bajo la uña, con una astilla.
Quedó entonces tan dormida que parecía muerta.

El reino vivió la tragedia con dolor, y en menos de diez años todos los habitantes abandonaron el castillo y las casas y los campos, mientras una maraña de espinas crecía alrededor del lugar, ocultándolo a los ojos de los hombres.

Al menos esa era la historia que Giambattista, noble napolitano, había oído de boca del hombre que, impaciente, permanecía de pie a su lado. Contrahecho, poco agraciado, con un rostro de ojos saltones y labios gruesos, el emisario le había narrado la historia con voz gutural, haciendo hincapié en dos puntos: la belleza de la princesa, y el tesoro oculto en las mazmorras del castillo.

—Yo, si fuera usted, no lo dudaría un instante —dijo el hombrecillo con voz profunda—. Vamos para allá, le da usted un beso a la princesa, y nos repartimos el oro entre los dos.

Giambattista sonrió y le palmeó la espalda, aprovechando para acariciar su chepa y agenciarse un par de años de buena suerte. Lamentó no haber comprado aquella mañana un boleto en el sorteo de las fiestas de la ciudad.

—Francamente, amigo mío, la aventura que me propones exalta mis sentidos —dijo Giambattista—. Y, ¿qué tipo de hombre sería yo si no accediera a acudir al rescate de una dama en apuros?

Así, convencido, Giambattista se dejó embarcar en una maltrecha embarcación tripulada por marineros de aspecto similar al de su acompañante y viajar rumbo al lugar donde descansaba la bella durmiente. No tardaron más de dos días en avistar la isla, y al llegar allí el noble napolitano, que se había mareado durante el viaje tantas veces que había perdido peso, desembarcó de un salto y besó la arena negra de la playa.

—¿No bajáis? —preguntó mientras avanzaba hacia el lugar donde debía descansar la princesa, una edificación derruida cubierta de musgo blanquecino.

"La llamada" por Juan Raffo (inspirado en la escena del relato de H. P. Lovecraft "El llamado de Cthulhu" (The Call of Cthulhu, 1927) que constituye un hito dentro de los mitos—Oh, no, no, señor —le respondieron—. Debe ir usted sólo. Si no, no despertaría.

Y le vieron adentrarse en la isla mientras gritaban:

—¡No lo olvide! ¡Un beso!

Giambattista, sin perder su sonrisa, se aventuró en el interior del edificio. Un olor a cerrado, a mares remotos, le invadió. Resbaló en unas escaleras de piedra, gritó. Terminó arrodillado frente a una enorme puerta negra entreabierta, y vio surgir de ella colosales pseudópodos que precedían a una mole enorme, más grande de lo que la vista, y la mente humana, podía abarcar. Y, en ese preciso instante, fue cuando el terror se abalanzó sobre él de la forma más brutal posible.

—Dios mío —susurró, mientras notaba la orina caliente deslizarse por la pernera de su pantalón y todo el hedor del único habitante de R'lyeh se abalanzaba sobre él—. ¿Tengo que besarle?

                                                                                          

Maldito Poe

por Alfredo Álamo
 

Alfredo Álamo… Vaya con Alfredo Álamo. Cuando acepté su relato le escribo diciéndole: “Espero que no te moleste si hago una presentación no tan correcta y modosita basada en lo que me envíes”. Lo cierto es que me envió una semblanza basada en los últimos segundos de su vida mientras me escribía sobre si mismo. ¿Qué puedo decir? Que menos correcta y modosita no podía ser… sobre su cerveza, el aire acondicionado y una Valencia española de más de cuarenta grados centígrados. Lo más importante es que toda su irreverente presentación deja destilar el ánimo del escritor, la presencia y la actitud del que escribe, que ve el oficio hasta en unos escasos segundos de recuerdo, incomodidad y rutina. Bueno, también habló del aikido, pero con unos resultados tan embarazosos para alguien de casi treinta años que consideré prudente no profundizar en el tema.

En Maldito Poe se muestra que el conocimiento que da la lectura es invaluable.

La oscuridad arañaba sus ojos, el silencio gritaba perforando sus oídos. Pensamientos implacables de desesperación cruzaron su mente. Poco a poco la agonía retiró su manto y fue consciente de su situación. Cayó el dolor y la confusión, los sentidos fueron aplacándose; olor a madera mojada, a humedad, a tierra removida. Pero no podía mover parte alguna de su cuerpo. Intentó tranquilizarse, es un sueño, se dijo,  una pesadilla maldita en la que el cuerpo sigue durmiente mientras la mente sufre despierta. Mentiras que no duraron más que una pequeña eternidad en el olvido.

Las horas alargaron su paso hasta hacerse eternas y nada cambió. Le hubiese gustado poder llorar, pero ni siquiera eso le estaba permitido. Maldijo los relatos de Poe, las historias de Lovecraft y Dunsany que leía en su juventud; estaba enterrado, hundido a dos metros bajo tierra, abandonado a su suerte en el olvido. Y despierto. Horrible y totalmente despierto.

Siempre había considerado ser un hombre calmado y racional, pero las envolturas con las que nuestra mente nos viste son frágiles cuando nos enfrentamos a la más profunda desesperación. Primero maldijo, luego rezó al buen señor que le salvara; acabó impotente, ofreciendo su alma al mismísimo diablo. Nada de eso funcionó. Imposible relatar la indescriptible agonía que sufría su torturada alma, atrapada en un mundo sin tiempo, sin posibilidad alguna de escapar de su ajada envoltura mortal. Ajada, si, pues los olores de la descomposición y la putrefacción le llegaban con claridad, retorciendo, aún más si cabe, su desquiciada mente.

Fue entonces cuando movió la mano. Quizás por el efecto de los gases de su descomposición o tal vez por alguna súplica, divina o infernal, que había llegado a tiempo. Sentía un extraño hormigueo por sus dedos y, poco a poco, logró levantar el antebrazo para golpear al ataúd. Un golpe sordo inundó la mortaja de madera. Volvió a hacerlo. El sonido le reconfortó como nada lo había hecho desde que despertara allí dentro. Entusiasmado, siguió golpeando la madera, con la absurda esperanza de que le oyeran allí arriba, de que la luz del día volviera a iluminarle, desenterrado al fin, y de reunirse con los suyos. De recordar toda ésta situación como un mal sueño, de olvidarlo, tal vez.

Parpadeó. Lágrimas de felicidad lo asaltaron. Podía notar el dolor en la mano, de tanto sacudir el lateral de madera. ¿Acaso despertaba? Levantó otra plegaria al cielo como agradecimiento. De repente, el ataúd tembló con una sacudida seca. El ruido de tierra removida a su alrededor alcanzó a sus aguzados oídos, alguien excavaba en su dirección. Y estaba cerca. Tan profunda como había sido su desesperación era alta ahora su esperanza. Algo topó con la madera. ¡Lo habían encontrado! Sonaron un par de golpes más, cada vez más fuertes y luego un crujido espantoso. Tenían que haber roto el ataúd. Pero, ¿y la luz?, ¿y las voces de sus salvadores? Tan solo notó que el aliento de la putrefacción intensificaba su poder. Luego, algo le tiró de la pierna. Primero despacio, a continuación con violencia. Un grito seco intentó salir de su deshilachada garganta sin conseguirlo. El dolor subió por su rodilla izquierda hasta despertar todos sus nervios. El pánico le atenazó con fuerza. Trató de moverse, de luchar, pero lo último que alcanzó a escuchar, antes de abandonarse a su cruel destino con la rigidez de los muertos, fue un desagradable y discreto, roer de huesos. 

 

La Tardecita de los Dioses

por Fernando Bonsembiante

Fernando es un argentino inmerso en la literatura fantástica desde hace muchísimos años, desde la década de los ochenta ha estado involucrado en el quehacer literario de la CF argentina. Ha escrito un libro sobre hackers, colaborado con artículos en la prensa y conducido un espacio radial llamado “espantapájaros” cuya temática me es desconocida, aunque no creo que se relacione con la agricultura. Hasta tiene un sitio web llamado ubik y no tenemos parentesco. A ese evento lo hemos llamado "convergencia evolutiva".
Recientemente ha editado en papel su primer libro de cuentos: La Tardecita de los Dioses al cual pertenece el presente relato, aunque por el título resulte más que obvio. Los relatos de esta interesante colección también pueden ser leídos en http://hecate.com.ar/libros_fb/la_tardecita_de_los_dioses.html, una lectura especialmente recomendable.

El poderoso guerrero se inclinó ante el altar de Azatoth. Miró las llamas rojas, crepitantes, que estaban consumiendo su ofrenda. Había estado toda la tarde persiguiendo a ese cabrito salvaje a través de los verdes prados. El animal era mucho más rápido que él, en la llanura cubierta de esos pastizales verdes y largos. Avanzaba duramente atravesando la maleza y el cabrito saltaba como burlándose. Sólo al caer la oscuridad que traía a las brillantes estrellas, el cabrito pareció cansado y así pudo obtener su preciado trofeo. Ahora se quemaba con un olor penetrante en la cálida hoguera que había encendido trabajosamente, frotando dos piedras como le había enseñado el sacerdote en su lejano pueblo. A la distancia veía otra hoguera, y por el olor que le traía el viento, se trataba de un sacrificio de aves silvestres; un olor característico a plumas quemadas que llegaba intermitentemente a través del aire. Era un sacrificio dedicado a Belzebu, estaba seguro. Su enemigo se encontraba cerca, y los dos se encomendaban a sus dioses para la batalla de la siguiente mañana. Sabía que había sólo dos opciones, la muerte o la victoria, y que su dios estaría satisfecho con una sola. Era un dios cruel pero justo. A la mañana siguiente, con el primer toque de los cálidos rayos del sol sobre la piel, se vistió con la armadura de cuero y cobre, se ungió la piel con un aceite oloroso y espeso, y se enfrentó al destino. Su enemigo lo estaba esperando, con la armadura brillando bajo el sol del amanecer. Su espada estaba desenvainada, y le pareció increíblemente larga y brillante. En sus ojos vio su propia muerte y tembló. Avanzó como si no tuviese temor, desenvainó la espada, y lucharon. El enemigo no tardó en darle un golpe que le dejó inútil el brazo con el que sostenía su espada. Luego lo empujó de una patada, y ya en el piso, le cortó la cabeza, diciendo: "Gloria a Belzebu, el dios más poderoso".


En otro plano de la realidad, mientras tanto, Azatoth tomaba un café con Belzebu. "Otra vez me ganaste", dijo. "Espero que seas misericordioso conmigo y no me obligues a invitarte a cenar otra vez a un lugar tan caro." "No te preocupes", dijo Belzebu, "invítame al cine y listo, hoy es miércoles y hay descuento. Como verás, mi misericordia es tan infinita como mi sabiduría."
 

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Necronomicón publica relatos cortos de no más de mil palabras en los géneros de Terror (privilegiando a los mitos de Cthulhu), Fantasía o Ciencia Ficción, en ese orden de preferencia.

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Necronomicón
Segunda Época. Año 3. N° 3.
Octubre 2004

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.geocities.com/ubikcf/ubik.htm Caracas, Venezuela.

 

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